Sobre “traiciones” y el 3 de enero: una lectura no lineal
Tras la agresión estadounidense del 3 de enero de este año, Venezuela se ha convertido en un intenso campo de batalla de interpretaciones y opiniones, debido al -para muchos- polémico curso político que ha ido tomando el país con la normalización de las relaciones entre Caracas y Washington, establecidas en condiciones de evidente asimetría. Las convenciones intelectuales instituidas en torno a la Revolución Bolivariana hoy se encuentran en una crisis profunda, al igual que los marcos de análisis disponibles para interactuar con la nueva realidad planteada, llena de confusiones e incertidumbres.
El 3 de enero como problema analítico
Connotadas figuras intelectuales y de los medios dentro y fuera de Venezuela se han arrojado al barro en defensa de determinadas posiciones y convicciones. Realizar un listado de nombres y referentes excedería los límites de este artículo.
En un ejercicio drástico de simplificación, pueden identificarse dos tesis en juego: 1) el 3 de enero (intervención más rapto de Maduro) fue producto de una “traición”, asociada a Delcy y Jorge Rodríguez, lo que explicaría automáticamente la subordinación de Miraflores a EE.UU; y 2) frente a la superioridad militar expresada esa madrugada y el chantaje subsecuente, el gobierno venezolano se encuentra realizando concesiones tácticas para ganar tiempo y construir condiciones para retomar el rumbo anterior a la fatídica fecha.
Es un punto de partida erróneo tomar el 3 de enero como un hecho en sí mismo y no como el desenlace de un proceso repleto de complejidades que escapan a la vista, bien sea por interés u omisión ingenua
Ambas teorizaciones, a mi modo de ver, tienen un punto de partida erróneo: tomar el 3 de enero como un hecho en sí mismo, como una causa con características autónomas, y no como un resultado, un puerto de llegada o el desenlace de un proceso repleto de complejidades que escapan a la vista, bien sea por interés u omisión ingenua.
El problema no es menor. Para quienes sostienen la tesis de la “traición”, Venezuela contaba con todos los dispositivos políticos y militares para enfrentar la invasión estadounidense, repelerla y asumir los costos, fundamentalmente económicos, derivados de la resistencia.
No hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para proyectar que, en tal escenario, el bloqueo energético-financiero norteamericano, agravado entre noviembre y diciembre de 2025, tendería a profundizarse hasta precipitar una crisis humanitaria de proporciones bíblicas en el país caribeño.
Muy en el fondo se trata de un pensamiento tranquilizador. Representar el 3 de enero como un fenómeno en sí mismo es una ruta confortable para dividir la realidad entre buenos y malos, donde supuestamente un país entero ansioso por combatir y protagonizar un “Vietnam caribeño” se quedó en contra de su voluntad en su casa por la decisión de unos pocos individuos.
Este planteamiento pasaría por alto cuestiones centrales.
Primero, el terror de los bombazos y el agotamiento acumulado del propio gobierno venezolano que llevaron a que la reacción social mayoritaria fuese de pasividad. Lejos de una extendida indignación nacional espontánea, los días posteriores al ataque estuvieron marcados, más bien, por una gran expectativa sobre los beneficios materiales que traería un nuevo cuadro político sin Maduro.
Segundo, niega el error previo de no resolver el punto muerto del choque con Trump , quizás previendo que su intención de atacar era solo declarativa, sin contar con un apresto ajustado al grado de amenaza y sobrestimando el alcance de la fuerza social del chavismo, en declive como corriente hegemónica desde hace varios años.
La tesis de la “traición”, más que aclarar, encubre no solo los errores de cálculos previos, sino también el vacío de legitimidad que configuró la mezcla de una hiperinflación y una emigración colosal, algo nunca reconocido en toda su crudeza pese a la evidencia empírica
Allí, la tesis de la “traición”, más que aclarar, encubre no solo los errores de cálculos previos, sino también el vacío de legitimidad que configuró la mezcla de una hiperinflación de varios años con un proceso de emigración colosal, resultado de un paquete de sanciones asfixiantes que rebasaron por completo al gobierno y debilitaron sus lazos con la población, algo nunca reconocido en toda su crudeza pese a la evidencia empírica.
Siendo evitable, se avanzó hacia el choque de trenes con escasas condiciones políticas y materiales para asumir el desafío. Por ende, el 3 de enero no es origen; es desenlace de una poderosa inercia voluntarista que entrampó durante varios años a Miraflores en contradicciones y vulnerabilidades ligadas a la agresión económica de EE.UU., que no fueron procesadas correctamente en su debido momento.
Muy probablemente se consideró que el riesgo de asumir tempranamente el escenario de juego trancado claramente desfavorable era inferior a seguir adelante con cada vez menos fortaleza, alimentando una inercia fagocitadora a nivel interno.
¿Flexibilidad táctica?
A la inversa, la tesis de la flexibilidad táctica proyecta sobre el espejo los mismos puntos ciegos que la premisa de la “traición”. Sus promotores, asumiendo igualmente el 3 de enero como punto cardinal, plantean que la coyuntura excepcional venezolana está en una especie de interregno, una pausa sin características irreversibles, donde el centro es la preparación para próximas batallas, ganando tiempo y margen de maniobra.
Es decir, Venezuela se habría congelado políticamente a la espera de que el deshielo empuje al país a renovar el ciclo de confrontación con EE.UU. que lo llevó al 3 de enero. De esta manera, se apela a un pensamiento tan tranquilizador y binario como el de la “traición”, pero desde su anverso: todo en Venezuela, teóricamente, sigue igual.
Partir de la noción superficial de la “pausa” implica suprimir el dinamismo de todo proceso histórico, que es justamente lo que está ocurriendo en Venezuela. Volver al statu quo político anterior (polarización con Washington) nos llevaría a asumir, erróneamente, que tanto las condiciones externas e internas del momento están dadas para ello.
Desde esa óptica, no solo se estaría negando el relevo generacional que ha experimentado el chavismo o los cambios estéticos y discursivos establecidos desde hace años por la conducción gubernamental, sino el agudo giro del panorama internacional junto al repliegue geopolítico hemisférico de EE.UU., configurado por la Doctrina Donroe.
La tesis de la flexibilidad táctica plantea que la coyuntura excepcional venezolana está en una especie de interregno, una pausa sin características irreversibles, donde el centro es la preparación para próximas batallas, ganando tiempo y margen de maniobra
Enfrentar a Washington requeriría de una plataforma de globalización alternativa multipolar lo suficientemente madura como para que Venezuela logre insertarse, además de un contexto continental inclinado hacia posiciones soberanistas que permitan disuadir la intervención estadounidense.
Ambas variables brillan por su ausencia, lamentablemente, limitando el ya comprometido margen de maniobra actual. Y resulta difícil proyectar que estarán en el corto plazo. ¿La supuesta preparación puede darse en un contexto de estas características?
Solo así el país podría limitar los efectos destructivos ya demostrados de las sanciones, encontrando mercados e instrumentos sólidos para hacer viable su comercio petrolero, sus finanzas y su conexión con la economía mundial.
En general, la teoría planteada encubre el problema de fondo: la ausencia de vectores de fuerza internos y externos para desafiar a EE.UU. en los términos ya experimentados. No es un problema únicamente de voluntad.
Apuntes finales
La fuerza gravitatoria que ejerce el 3 de enero en el diseño de marcos de interpretación pareciera ser directamente proporcional al temor de asumir que las convenciones intelectuales tejidas sobre Venezuela enfrentan un escenario de colapso.
Muestra de ello es el contradictorio cuadro actual escondido tras el ruido de las redes sociales: sectores del chavismo profundamente molestos por lo que consideran una rendición ante EE.UU.; sectores opositores, incluyendo el de María Corina Machado, profundamente preocupados de que el pacto energético entre Caracas y Washington fortalezca al chavismo y los saque del juego.
Semejante contradicción solo encuentra explicación en el hecho de que las dos opciones principales que vertebraron la política venezolana en las últimas dos décadas no cumplieron su oferta en el Día D de la intervención estadounidense. No hubo el “Vietnam caribeño” vaticinado por el chavismo, ni las bombas encumbraron a una Machado que lo apostó todo a esa maniobra criminal para llegar al poder.
Frente a este fracaso compartido, lo que ha quedado es un desierto ante nuestros ojos y un vaciamiento del concepto de soberanía, desde donde se origina el bizarro momento actual, con un gobierno venezolano post-Maduro asumiendo con cada decisión orientada al realismo geopolítico y económico los costos de desacoplarse de lo históricamente entendido por chavismo, una población postrada económicamente cuya única redención inmediata es lo material y un helado baño de agua fría que demuestra que no haber superado la dependencia del petróleo facilitó que EE.UU. nos apretara el pescuezo y nos sometiera.
El dato más doloroso de un fracaso nacional que tiene medio siglo tomando forma.
Quizás dentro de lo bizarro de la coyuntura se tenga una última oportunidad para revisar las materias pendientes que llaman a la puerta con urgencia histórica. Y para llegar ahí hay que ver el 3 de enero en su justa dimensión estructural, no como un acontecimiento que en su estricta delimitación política no nos dice mayor cosa.
Fuente Diario Red

