Fabricio Ojeda: la huella que no se extingue
Jimmy López Morillo
Tal vez las nuevas generaciones no habrán escuchado hablar o leído sobre el tránsito vital y la trascendencia histórica de Fabricio Ojeda, un docente, periodista y revolucionario nacido en Boconó, estado Trujillo, de cuyo asesinato en las mazmorras del Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA, la policía política del gobierno de Raúl Leoni) en el Palacio Blanco de Miraflores, se conmemoran 60 años este domingo 21 de junio.
Fabricio, como presidente de la Junta Patriótica, rol que cumplía desde la clandestinidad mientras ejercía labores de reportero nada menos que la fuente de Miraflores (irónicamente), fue quien en la madrugada del 23 de enero de 1958, al confirmarse la huida del dictador Marcos Pérez Jiménez, sorprendió cuando a través de los micrófonos de Radio Rumbos y la Red Nacional de la Radiodifusión anunció la caída del régimen que había oprimido al país durante una década.
Ha quedado demostrado que para sobrevivir al caos, el pueblo debe permanecer unido y combatiendo, ya que de esta manera nunca podrá ser derrotado», dijo entre otras cosas.
Ojeda, había dejado atónitos a muchos al pronunciar aquel histórico discurso, pues hasta apenas días atrás era testigo de primer orden de las reacciones airadas tanto del autócrata como de los integrantes de su gabinete al leer los volantes que, pese a la feroz represión de los cuerpos de seguridad, entre los cuales se encontraba la siniestra Seguridad Nacional (SN), lograban circular organizando huelgas y llamando al pueblo a levantarse contra la opresión..
Sin que en el entorno presidencial pudieran llegar a sospecharlo, aquel reportero salía del palacio hacia las reuniones conspirativas con una clara visión de cómo los afectaban psicológicamente los panfletos que, en numerosas ocasiones, era él mismo quien los redactaba y las tensiones internas que se iban acentuando con el crecimiento de la resistencia popular. Eso era transmitido al resto de los integrantes de la Junta Patriótica en las reuniones que posteriormente sostenían en parroquias como El Valle o San Juan.
Nadie podía imaginar que ese periodista, quien se movilizaba tranquilamente entre los más poderosos representantes del Gobierno, incluyendo el dictador, estaba entre los que desde el más absoluto de los secretos, iban golpeando los muros que finalmente terminarían por caer.
Había nacido el 6 de febrero de 1929 en la ciudad de Boconó, el Jardín de Venezuela, comenzando su militancia política a los 17 años en el partido Unión Republicana Democrática (URD), desde el cual llegaría a presidir el organismo clandestino encargado de conducir buena parte de las luchas contra la dictadura perezjimenista, la cual daría paso a la dictadura puntofijista que acabó asesinándolo.
La carta
Fabricio Ojeda fue electo diputado el mismo año de la caída de Pérez Jiménez y, tras la visita del comandante Fidel Castro en 1959 luego del triunfo de la Revolución Cubana, fue invitado a La Habana, donde durante varios meses tuvo oportunidad de emparentarse con aquel naciente proceso.
Al regreso, absolutamente decepcionado con el rumbo que estaba tomando Venezuela bajo el gobierno de Rómulo Betancourt, el 30 de junio de 1962, en una impactante carta enviada al Congreso de la República, renunció bajo contundentes argumentos.
Dijo, entre otras cosas, que “el 23 de enero, lo confieso a manera de autocrítica creadora, nada ocurrió en Venezuela, a no ser el simple cambio de unos hombres por otros al frente de los destinos públicos. Nada se hizo para erradicar los privilegios ni las injusticias. Quienes ocuparon el Poder, con excepciones honrosas, claro está, nada hicieron para liberarnos de las coyundas imperialistas, de la dominación feudal, de la opresión oligárquica. Por el contrario, sirvieron como instrumento a aquellos intereses que gravitan en forma negativa sobre el cuerpo desfalleciente de la Patria”.
Sostenía que “Venezuela – lo sabemos y lo sentimos todos -, necesita un cambio a fondo para recobrar su perfil de nación soberana, recuperar los medios de riqueza hoy en manos del capital extranjero y convertirlos en instrumento de progreso colectivo. Necesitamos un cambio a fondo para liberar al trabajador de la miseria, la ignorancia y la explotación; para poner la enseñanza, la técnica y la ciencia al alcance del pueblo: para que el obrero tenga trabajo permanente y sus hijos amparo y protección”.
“Ahora a mí, solo me queda, como decía un insigne pensador latinoamericano, cambiar la comodidad por la miasma fétida del campamento, y los goces suavísimos de la familia por los azares de la guerra, y el calor del hogar por el frío del bosque y el cieno del pantano, y la vida muelle y segura por la vida nómada y perseguida y hambrienta y llagada y enferma y desnuda”, subrayaba.
Continuaba expresando: “Colegas diputados, vengo ante ustedes a expresar la decisión de dejar el Parlamento – este recinto que pisé por voluntad del glorioso pueblo caraqueño, hoy oprimido y humillado -, para subir a las montañas e incorporarme a los compañeros que ya han iniciado el combate y con ellos continuar la lucha revolucionaria para la liberación de Venezuela, para el bienestar futuro del pueblo, para la redención de los humildes”.

La huella
Fabricio, siguiendo los dictados de su conciencia, se marchó entonces a organizar las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) en la zona centro occidental, en las cuales fue conocido como “comandante Roberto”, agrupándose junto al Frente José Leonardo Chirinos, Douglas Bravo, Elías Manuitt Camero, el Movimiento 2 de Junio, comandante Manuel Ponte Rodríguez, capitán Pedro Medina Silva, la Unión Cívico Militar, teniente coronel Juan de Dios Moncada Vidal, comandante Manuel Azuaje, el Movimiento 4 de Mayo, capitán Jesús Teodoro Molina, comandante Pedro Vargas Castellón, y el Comando Nacional de Guerrilla.
Fue detenido en Acarigua y en septiembre de 1963 se fugó de la Cárcel Nacional de Trujillo. Capturado otra vez el 20 de junio de 1966 en una casa de La Guaira, fue asesinado en los calabozos del SIFA al día siguiente, en un hecho que el ente represor intentó hacer ver como un supuesto suicidio y así lo hizo saber el gobierno del presidente Raúl Leoni (el mismo que “inauguró” en América Latina la nefasta política de los “desaparecidos”).
Sin embargo, posteriormente distintas investigaciones demostraron que se había tratado de un vil crimen, uno más de aquella dictadura que bajo la fachada de supuesta democracia y con la alternancia en el poder de dos partidos (tal y como ocurre, por cierto, en Estados Unidos), nos azotó durante cuarenta años.
Los restos de Fabricio Ojeda fueron llevados merecidamente al Panteón Nacional por decisión de nuestro presidente Nicolás Maduro el 23 de enero de 2017.
Desde allí, la mirada serena de Fabricio Ojeda, un periodista y revolucionario venezolano ejemplar, sigue acompañándonos, junto a su huella que jamás se extinguirá.
Fuente La Vega Dice

