El espejo de Haití: ¿Puede el doble terremoto servir para conolizar Venezuela?
¿Son los desastres naturales simples tragedias humanas o representan, en realidad, la apertura de un mercado de oportunidades para el capital transnacional? Inna Afinogenova, en #LaBaseAméricaLatina, analiza el capitalismo del desastre y el peligro que acecha a Venezuela.
Mientras el mundo observaba con horror las imágenes de los 316.000 muertos que dejó el terremoto de Haití en 2010, un pequeño grupo de diplomáticos y empresarios ya estaba calculando el margen de beneficio. Este fenómeno, que el análisis geopolítico define como capitalismo de desastre, no busca el alivio del sufrimiento, sino la captura estatal. Hoy, ese mismo mecanismo —perfeccionado y voraz— proyecta su sombra sobre Venezuela, utilizando la crisis como el lubricante perfecto para una nueva forma de colonización.
La «fiebre del oro» tras los escombros
Apenas 19 días después de que la tierra tragara a Puerto Príncipe, dejando a un millón y medio de personas sin hogar, la diplomacia estadounidense ya había emitido su veredicto comercial. Un cable filtrado por WikiLeaks y enviado por el embajador Kenneth Merten al Departamento de Estado llevaba un título que hiela la sangre: «La fiebre del oro está encendida».
El documento revela una realidad obscena: mientras Haití todavía excavaba entre las ruinas para rescatar cadáveres, las corporaciones estadounidenses ya se movilizaban para vender «conceptos, productos y servicios». No hubo una pausa para el luto; lo que hubo fue un free-for-all —un «todos contra todos»— empresarial. El embajador describía cómo los lobistas se agolpaban para «comerle la oreja» al entonces presidente René Préval, compitiendo agresivamente por contratos en un escenario de total desesperación. Para el capital, el hedor de la muerte no era más que el aroma de una oportunidad de inversión sin precedentes.
La puerta giratoria: De los bombardeos a la venta de casas
Este sistema se nutre de una «puerta giratoria» donde los gestores de la destrucción se convierten, de la noche a la mañana, en los arquitectos de la reconstrucción. El caso del General Wesley Clark es paradigmático: de ser el comandante supremo de la OTAN que dirigió los bombardeos sobre la ex Yugoslavia, pasó a presentarse ante el gobierno haitiano para vender casas resistentes a desastres.
Esta mentalidad queda cristalizada en las palabras de Lewis Lucke, un hombre que saltó de negociar contratos multimillonarios en Irak tras la invasión estadounidense a gestionar la crisis en el Caribe: «Nos quedó claro que, si se manejaba correctamente, el terremoto representaba tanto una oportunidad como una calamidad». Bajo esta óptica pedagógica pero perversa, la calamidad es un costo externo que paga la población, mientras que la «oportunidad» es el botín que se reparte el complejo industrial-militar en los salones presidenciales.
El «mismo perro con diferente collar»: La misiones de la ONU
La intervención en Haití no es un evento fortuito, sino una ocupación neocolonial que ha aprendido a cambiar de piel para sobrevivir al descrédito. A lo largo de 22 años, hemos presenciado una mutación constante de siglas que esconden el mismo control extranjero:
- MINUSTAH (2004): Misión de Estabilización que introdujo marines y tropas extranjeras tras el golpe de Estado.
- MINUJUSTH (2017): Tras el escándalo de crímenes atroces, violaciones y explotación sexual por parte de los cascos azules, la misión cambió su nombre a «apoyo a la Justicia». La ironía es sangrante: una misión con historial de abusos rebautizada en nombre de la ley.
- BINUH (2019): Una oficina integrada con menor perfil militar, pero igual control político.
- Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad (2023): El retorno del componente militar explícito.
- Fuerza de Supresión de Pandillas (2024): Liderada por Kenia y financiada por potencias occidentales, es el último eslabón de la cadena.
El resultado de esta intervención continua es una «sociedad ONGizada» y un Estado capturado. Tras décadas de presencia extranjera, el 80% de la capital está en manos de pandillas. El círculo es perfecto: la ocupación agrava el desastre social, el desastre alimenta al crimen organizado, y el crimen organizado se usa como excusa para perpetuar la ocupación.
El espejo venezolano: Un botín a otra escala

Si para estos actores un terremoto en Haití es una oportunidad, el escenario venezolano los hace «lamerse los bigotes». Aquí el «pastel» es inmenso: petróleo, gas, oro y coltán. El manual es el mismo. Así como el presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide fue secuestrado y enviado en avión a la República Centroafricana en 2004 por una confabulación entre EE. UU., Francia y Canadá, la estrategia contra Venezuela busca un desenlace similar.
El análisis del ingeniero Einstein Millán Arcia y los datos de Bruno Oscarini revelan la magnitud del asalto financiero. Desde el «secuestro» de la institucionalidad de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, el control estadounidense sobre la soberanía económica venezolana ha sido «creciente y sostenido»:
- El robo de los ingresos: Entre enero y mayo de 2024, Venezuela exportó petróleo por 11.600 millones de dólares. El 70% de este dinero permanece bajo control absoluto de EE. UU.
- La confesión de Trump: El propio Donald Trump se ufanó públicamente de haber cubierto los costos de la guerra con Irán utilizando el dinero obtenido de la venta del petróleo venezolano robado.
- La trampa de la ayuda: Mientras retienen miles de millones, EE. UU. promete apenas 230 millones en «ayuda humanitaria», menos del 2% de lo arrebatado.
Este es el círculo del capitalismo de desastre: primero se roban los ingresos soberanos; luego, ese mismo dinero se ofrece como «donación desinteresada» para una futura reconstrucción, pero bajo condiciones que permiten a ONGs y empresas extranjeras capturar franjas del aparato estatal. El robo original se convierte en la cadena que ata la reconstrucción al control foráneo.
Haití es la respuesta viva y sangrante a la pregunta de si una catástrofe puede colonizar un país. Es el laboratorio donde se demostró que el sufrimiento masivo puede ser administrado para desmantelar la soberanía de una nación y entregarla a un enjambre de intereses corporativos y misiones extranjeras.
Venezuela se mira hoy en ese espejo. El mecanismo está en marcha: el secuestro de recursos, la inducción de la crisis y la oferta de una «ayuda» que es, en realidad, un contrato de arrendamiento neocolonial. Ante este panorama, la pregunta para la región es ineludible: ¿Podrá la soberanía latinoamericana sobrevivir a un sistema donde la tragedia ajena es la inversión más rentable de las potencias?

