Fidel Castro y la vigencia del método revolucionario: de la Sierra Maestra a la Batalla de las ideas
Por Geraldina Colotti
Hablar hoy de Fidel Castro y de la Revolución Cubana no es un ejercicio de arqueología política. Que cientos de internacionalistas en La Habana, y otros tantos en el mundo, recuerden este 13 de agosto el centenario del nacimiento del Comandante en Jefe, no es para levantar un monumento de mármol a Fidel Castro, porque la burguesía y el revisionismo aman los monumentos: los monumentos no molestan, no hablan, no organizan a la clase trabajadora. Y Fidel dejó claro que no quisiera ser transformado en un monumento. Y por eso el pueblo dijo: yo soy fidel, y los pueblos del mundo siguen diciendo: yo soy fidel.
Invocamos a Fidel porque Fidel es un método. Es la demostración práctica de que el marxismo-leninismo no es un dogma de biblioteca, sino una guía para la acción, una herramienta de transformación radical capaz de romper la aparente fatalidad de la hegemonía imperialista.
Cuando Fidel y los jóvenes de la Generación del Centenario asaltaron el Moncada en 1953, o cuando desembarcaron del Granma en 1956, la correlación de fuerzas era, sobre el papel, absolutamente desfavorable. Enfrentaban a una dictadura proimperialista blindada por Washington. La lógica posibilista y reformista decía que era imposible. Pero Fidel nos enseñó una lección fundamental que la izquierda europea pareció olvidar tras la caída del bloque soviético: las condiciones objetivas y subjetivas no se esperan de brazos cruzados, se construyen en la lucha.
¿Qué significó la Revolución Cubana para el mundo?
En primer lugar, Cuba rompió la geografía del dominio imperial. Demostró que a noventa millas del imperio más sanguinario de la historia humana era posible construir el socialismo y sostenerlo. Cuba demostró que el verdadero desarrollo no se mide por el Producto Interno Bruto o el consumo suntuario de las élites, sino por la dignidad, la educación, la salud universal y la soberanía de los pueblos.
Pero hay algo más profundo: la dimensión del internacionalismo proletario. Fidel elevó el internacionalismo de la condición de lema abstracto a principio de Estado. Cuba no exportó la revolución, sino sus principios, exportó solidaridad.
Lo vimos en las arenas de Angola, derrotando al régimen del apartheid sudafricano y cambiando para siempre la historia de África. Lo vimos en América Latina, siendo el faro que alimentó la resistencia contra las dictaduras del Plan Cóndor y, más tarde, la columna vertebral de la integración bolivariana y del ALBA-TCP junto al Comandante Hugo Chávez, y después acompañando a Nicolás Maduro.
En la era de la globalización capitalista, donde la burguesía impuso la lógica del «sálvese quien pueda», la Cuba de Fidel demostró que la diplomacia de los pueblos se basa en compartir no lo que nos sobra, sino lo poco que se tiene.
Lleguemos ahora a nuestra realidad europea y, en particular, a la historia del movimiento comunista en Italia. La onda expansiva de la Revolución Cubana y el pensamiento del Che Guevara sacudieron los cimientos de Europa en los años 60 y 70. La consigna del Che en la Conferencia Tricontinental —»Crear dos, tres… muchos Vietnam»— resonó con fuerza en el corazón de la metrópoli imperialista.
En Italia, en un contexto marcado por la traición reformista del llamado «compromiso histórico» del PCI y la hegemonía de la Democracia Cristiana, miles de jóvenes y trabajadores comprendieron que el imperialismo estadounidense era el enemigo común. Surgieron así las experiencias de la lucha armada y las guerrillas urbanas, como las Brigate Rosse (BR) y otras organizaciones del anticapitalismo combativo. Aquellos jóvenes intentaron romper la paz social capitalista y construir en el corazón del centro imperialista ese «segundo o tercer Vietnam» del que hablaba el Che, asumiendo la violencia revolucionaria como respuesta a la violencia estructural del Estado burgués y del Pacto Atlántico.
El análisis dialéctico de esa experiencia histórica nos enseña que el impulso antiimperialista y el rechazo al pacto social reformista eran profundamente legítimos. Sin embargo, la historia también nos demostró los límites de intentar hacer revolucion con el modelo guerrillero en la complejidad de las metrópolis altamente industrializadas de Europa occidental, sin la articulación de un amplio movimiento de masas y de varias formas de luchas que contrasten desde adentro y desde afuera las instituciones burguesas y la violencia de la explotacion del capital sobre el trabajo.
Fidel siempre tuvo una visión de conjunto: la lucha armada no era un fetiche, sino una herramienta supeditada a la construcción del Poder Popular y a la movilización consciente de las masas trabajadoras.
Décadas después, el hilo rojo de la solidaridad cubana con Italia tomó una forma completamente distinta pero igualmente revolucionaria. Durante la pandemia de COVID-19, mientras el sistema sanitario privatizado del próspero norte de Italia colapsaba bajo las leyes del libre mercado, y mientras la Unión Europea se mostraba en toda su desnudez como un club de mercaderes egoístas, ¿quién llegó a Lombardía y Piamonte y Calabria?
Llegaron las brigadas médicas cubanas Henry Reeve. Médicos formados en la escuela de Fidel Castro, que arriesgaron sus vidas para salvar a ciudadanos italianos. Ese contraste fue demoledor: la Europa del capital enviaba austeridad, recortes en la salud pública y aviones de guerra; la Cuba socialista de Fidel enviaba batas blancas e internacionalismo.
Hoy, Italia enfrenta un escenario crítico: la presencia de un gobierno neofascista y atlantista liderado por Giorgia Meloni, que actúa como vasallo del imperialismo estadounidense y de la OTAN, desmantelando derechos laborales y convirtiendo la gestión de fronteras en un negocio represivo y racista. Ante esto, la memoria combativa y el ejemplo de Cuba son una bofetada a la resignación.

