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Elías Jaua: Lecciones del 3 de enero en Venezuela

Eran las 3:00 de la mañana del 3 de enero de 2026. Caracas dormía bajo el espeso silencio que precede al alba, hasta que el aire fue desgarrado por un sonido que quedará tatuado en la memoria de la ciudad: el silbido agudo y metálico de los misiles rasgando el cielo. No fue una simple explosión; fue la fractura de una era. El asalto de un país extranjero a Caracas y el posterior secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, su esposa, inauguró una tragedia asimétrica en el corazón del Caribe.

El programa Latinoamérica que transmite la emisora Al son del 23, entrevista al sociólogo y exvicepresidente venezolano Elías Jaua, cuya conversación se centra en las tensiones políticas tras la intervención militar extranjera ocurrida el 3 de enero de 2026.

Tras el ataque sin precedentes, las calles de Caracas no atestiguaron el desembarco masivo de infantería extranjera, sino la imposición de una coacción invisible. Surge entonces la interrogante fundamental en el tablero global: ¿Cómo sobrevive la soberanía cuando las negociaciones se dictan con un arma apuntando a la sien de la República?

La lógica hegemónica sugería que la potencia agresora impondría de inmediato a figuras de la oposición radical o instalaría a un administrador extranjero, reeditando el modelo de ocupación de Bagdad. Sin embargo, Washington ejecutó un movimiento dictado por el más frío pragmatismo: mantener a Delcy Rodríguez como presidenta encargada.

Lejos de ser una concesión diplomática, esta decisión es la aplicación directa de la «Lección de Irak«. Tal como lo disecciona el dirigente Elías Jaua, el Pentágono comprendió que imponer un liderazgo carente de base institucional garantizaría un caos ingobernable. Un «baño de sangre» civil y militar no solo incendiaría las calles, sino, más importante para sus intereses, paralizaría los pozos petroleros.

Ante la ausencia de cualquier liderazgo que pueda garantizar estabilidad en Venezuela para sus objetivos de tener energía segura, toman la decisión de dejar a quien sí garantiza esa estabilidad»

Para los arquitectos de la intervención, el flujo ininterrumpido de crudo tiene prelación absoluta sobre el cambio de régimen total.

El Colapso del «Storytelling» Hegemónico

Durante más de una década, la artillería mediática global ensambló un relato milimétrico para deshumanizar al liderazgo venezolano, cimentado sobre el mito del «Cartel de los Soles«. Sin embargo, tras la agresión de enero, esta narrativa se desmoronó en los propios tribunales de sus creadores.

Al igual que las armas de destrucción masiva que justificaron la invasión a Irak, la retórica del narcoestado operó como la justificación moral para el bombardeo. Una vez cumplido el objetivo, la fiscalía estadounidense —carente de evidencias técnicas sostenibles ante un juez— optó por omitir este cargo en la acusación formal tras el secuestro del mandatario. El relato cumplió su función y fue desechado tan pronto como el humo de los misiles se disipó.

Vampiros de Energía: Las Tres Fases de la Ocupación

Las bombas de enero 2026 no fue una cruzada para exportar democracia, sino una maniobra de respiración asistida para un sistema energético occidental que ha demostrado su vulnerabilidad. La urgencia por el petróleo venezolano delineó un plan de ocupación que Juan Contreras y Elías Jaua desglosan en tres ejes económicos prioritarios:

Control de Inventarios: La apropiación inmediata de entre 30 y 50 millones de barriles de crudo, represados previamente por el asedio naval.

Exclusividad Comercial: La imposición de un monopolio de facto para corporaciones de Occidente, bloqueando cualquier suministro estratégico hacia Rusia, China, Irán y Cuba.

Transición Administrada: La tutela política del proceso extractivo, garantizada bajo la amenaza perenne de una nueva escalada militar.

Bajo este prisma, la publicitada «rehabilitación eléctrica» no está diseñada para encender los hogares de los ciudadanos de a pie, sino para reactivar la infraestructura petrolera asfixiada por una década de sanciones. Es energía inyectada para la extracción, no para la vida.

La batalla actual trasciende la permanencia de un hombre; es una disputa por la existencia misma de la República. Frente a una población exhausta por años de ahogamiento financiero que clama, lógicamente, por un «respiro», el liderazgo enfrenta su mayor dilema ético: no conducir al pueblo a la inmolación, pero tampoco rendirlo a la entrega absoluta.

Recordando la confidencia de Fidel Castro citada por Jaua: «Para ser revolucionario hay que ser optimista». Ese optimismo, hoy, reside en la capacidad soberana de los venezolanos para dirimir democráticamente sus conflictos internos y cohesionar fuerzas frente al invasor.

Mientras el olor a pólvora de aquel 3 de enero aún flota en el aire de Caracas, la interrogante definitiva sigue abierta: ¿Es posible el «bienestar» material que prometen quienes nos bombardean sin convertirnos en una colonia?

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