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Lula gana en Brasil, pero la ultraderecha no cede

Geraldina Colotti

Resistió Brasil, uno de los últimos diques contra el avance de la extrema derecha en América Latina. El viejo Lula lo logró, venciendo en la segunda vuelta con 64.256.232 votos frente a los 59.826.041 de la ultraderecha representada por Flávio Bolsonaro: el 51,79 por ciento frente al 48,21 per ciento. Una victoria sufrida y disputada hasta el último voto, alcanzada al término de una campaña electoral envenenada que registró una participación democrática extraordinaria. En comparación con la primera vuelta del 4 de octubre, marcada por una abstención récord del 21,08 por ciento equivalente a más de 33,4 millones de ausentes, el balotaje registró una caída fundamental de las defecciones, que bajaron al 19,11 por ciento, la cifra más baja de los últimos veinte años. Al mismo tiempo, los votos blancos y nulos se situaron en tan solo el 3,23 por ciento, alcanzando el mínimo histórico del siglo. Cerca de tres millones de electores regresaron a las urnas, produciendo un vuelco inédito: Lula, que en la primera ronda perseguía la desventaja con el 45,16 por ciento frente al 47,03 por ciento del candidato reaccionario, recuperó más de cuatro millones de votos en el país real gracias a la extraordinaria movilización popular y al impulso impreso por la consigna colectiva Bora Virar (la palabra de orden que significa «Vamos a darle la vuelta»).

La radiografía del voto muestra una profunda brecha territorial y de clase: por un lado, el Sudeste, el Sur y el agronegocio del Centro-Oeste articulados en torno al bloque de intereses reaccionarios de Bolsonaro; por el otro, el Nordeste, bastión infranqueable y baluarte de la izquierda donde Lula arrolló a su adversario con márgenes contundentes. En esta geografía de la polarización, la clave del giro fue la respuesta popular ante la abstención: en el Sudeste, corazón económico y más poblado, la ausencia en las urnas cayó más de dos puntos respecto a la primera vuelta, mientras que el Nordeste registró la participación más alta y la menor abstención de toda la nación, garantizando al Partido de los Trabajadores el caladero decisivo de votos para el sorpasso.

El análisis del voto de los 918.876 brasileños habilitados en el extranjero en 134 países —un electorado equivalente a poco más del 0,5 por ciento del padrón nacional— vio prevalecer al líder del Partido de los Trabajadores en cinco de las nueve naciones monitoreadas entre Asia y Oceanía: en Australia con 6.017 preferencias frente a 3.465, en China con 502 frente a 267, en Nueva Zelanda con 418 frente a 101, en Singapur con 213 frente a 121 y en Corea del Sur con 148 frente a 82, acompañadas por los amplios respaldos obtenidos en Europa entre Alemania, Francia, España, Irlanda y los Países Bajos. Por el contrario, la ultraderecha del PL se impuso en bastiones simbólicos como Japón con 28.538 votos frente a 7.098 y, de modo emblemático, en Israel, donde Flávio Bolsonaro arrasó obteniendo el 80,8 por ciento de los votos válidos equivalente a 699 preferencias: un reflejo plástico de la soldadura ideológica y orgánica con el sionismo político y la derecha integralista. Bolsonaro mantuvo ventajas ajustadas en Tailandia por 60 a 56, en Malasia por 44 a 41 y en Filipinas por 39 a 27.

Lo que estaba en juego trascendía las fronteras nacionales. Brasil no es solo una potencia económica continental, sino que posee la segunda reserva mundial de tierras raras, la mayor fuente de agua dulce del planeta e inmensos yacimientos petrolíferos off-shore en el Pré-Sal: un bocado apetecible para las multinacionales del extractivismo y para la plutocracia financiera internacional. El candidato bolsonarista Flávio Bolsonaro encarnaba el programa de la reacción y del supremacismo, sintetizado por la imagen chovinista y racista difundida durante la campaña que lo mostraba llevando con correa a un hombre negro encadenado. Su programa combinaba un neoliberalismo salvaje con la promesa de la mano dura modelada según el régimen punitivo de Nayib Bukele, el realineamiento incondicional con la doctrina del Comando Sur estadounidense a través del Escudo de las Américas, el traslado de la embajada a Jerusalén y la adhesión a los Acuerdos de Isaac.

A esta ofensiva reaccionaria se le sumó una sofisticada ingeniería de la guerra híbrida y de la fascistización social, en un clima de confrontación caracterizado por ataques personales y bajezas propagandísticas. La ultraderecha llevó al límite la demonización del adversario, desempolvando la denigración física hacia Lula, apodado despectivamente «nueve dedos» a causa de la mutilación sufrida cuando era un joven obrero en la fábrica, y atiborrando los mítines y las redes sociales con insultos sobre los presos, los bandidos y la presunta amenaza comunista.

Pero la violencia no se quedó únicamente en lo verbal: durante la campaña electoral, militantes de Lula fueron asesinados por fanáticos bolsonaristas en Mato Grosso do Sul y otros dirigentes del PT, como una concejala en Minas Gerais, resultaron heridos en emboscadas escuadristas. Esta agresión política se inscribe en una larga cadena de terrorismo patronal y paramilitar en los campos, cuyo símbolo sigue siendo el asesinato del campesino sin tierra y activista agroecológico Valmir Mota de Oliveira, conocido como Keno, asesinado en 2007 por una milicia privada contratada por la transnacional Syngenta Seeds para reprimir las protestas contra las experimentaciones ilegales de OGM. Un crimen por el cual solo en 2026 el Superior Tribunal de Justicia ratificó de forma definitiva la condena y la responsabilidad civil de la multinacional por el uso de vigilancia armada ilegal.

La injerencia de la multinacional Meta y de los gigantes tecnológicos de Silicon Valley —integrados en las estrategias del Deep State y del trumpismo— manipuló los flujos algorítmicos en Instagram, Facebook y WhatsApp para favorecer a Flávio Bolsonaro y penalizar la campaña de Lula, obligando a los abogados del PT a denunciar el abuso electoral ante el Tribunal Superior Electoral. Paralelamente, el bloque reaccionario se apoyó en la soldadura ideológica entre el imperio patrimonial del neopentecostalisimo evangélico —dotado de conglomerados mediáticos como Record TV, bancadas parlamentarias de choque y redes pervasivas de WhatsApp— y el sionismo político transnacional, transformando la Teología de la Prosperidad en un algoritmo cultural para la fascistización de las conciencias y la subordinación colonial.

En este cuadro, la amenaza de un golpe de mano y el rechazo sistémico de los bolsonaristas a reconocer el resultado de las urnas —ya anunciado por el candidato perdedor, quien posteriormente decidió huir a Estados Unidos, aprovechando la complicidad de Argentina — no representan meras pataletas propagandísticas, sino el reflejo desesperado de una cadena de responsabilidades judiciales pesadísimas. Sobre Flávio Bolsonaro y sobre todo el clan familiar (algunos de cuyos miembros ya han sido electos) pesan investigaciones y procesos cruciales: desde la implicación directa en el diseño y cobertura del intento de golpe de Estado de 2022 para derrocar a las instituciones democráticas, hasta el escándalo del robo y la reventa de joyas de Estado regaladas por monarquías extranjeras; desde la falsificación de los historiales clínicos de vacunación durante la pandemia hasta el uso desviado e ilegal de los aparatos de inteligencia del Estado a través de la llamada Abin paralela, sin olvidar los lazos de hierro con las milicias paramilitares urbanas y los autores intelectuales de crímenes políticos.

La estrategia del caos, la delegitimación preventiva del voto y la amenaza constante de un golpe se insertan orgánicamente en el proceso de fascistización interna y en la contrarrevolución preventiva global promovida por las derechas radicales para inmunizar a sus jefes de gavilla ante los tribunales y esterilizar el conflicto social.

Ante el riesgo mortal de una caída que habría consolidado un cinturón reaccionario al lado del giro ultrareaccionario de Javier Milei en Argentina y de Daniel Noboa en Ecuador, destruyendo cualquier residuo de integración soberana continental, Lula dio un viraje social decisivo. En los últimos días previos a la votación, el líder de la izquierda reimpulsó la semana laboral reducida con mantenimiento de salario, el aumento de los subsidios directos, el fortalecimiento del Sistema Único de Salud, la extensión de la jornada completa en las escuelas secundarias y la creación de una versión universitaria del programa Pé-de-Meia. En el plano estratégico, Lula reivindicó la soberanía tecnológica para crear una inteligencia artificial nacional y desvincularse del dominio norteamericano, reafirmando la protección de los recursos estratégicos al servicio del pueblo.

Esta plataforma material reavivó la militancia de base. Más que el apoyo de personalidades culturales internacionales, fue el ejército popular digital autoorganizado en torno a la consigna Bora Virar el que sacudió la campaña, movilizando a más de diez millones de contactos para romper el aislamiento mediático y derrotar los teoremas de la censura algorítmica.

Lula se enfrenta ahora a un marco institucional hostil, con un Congreso de mayoría conservadora y la persistente amenaza de un lawfare permanente alimentado por los grandes grupos editoriales como O Globo y Folha de S.Paulo. Sin embargo, el presidente ha confirmado que gobernará sin subordinarse a los dictados de Washington ni a los chantajes de la oligarquía, promoviendo el multilateralismo, la ampliación de los BRICS y la cooperación Sur-Sur.

En este marco de necesarias presiones desde abajo se sitúa la cita con los BRICS de los Pueblos, prevista para el 11 y 12 de noviembre en Brasilia, en paralelo y en diálogo crítico con la cumbre intergubernamental del 13 y 14 de noviembre. No como un acto de estéril contraposición, sino como un foro paralelo de convergencia real donde los movimientos populares, el sindicalismo de clase como los metalúrgicos sudafricanos de la NUMSA, los movimientos dalit de la India, la Marcha Mundial de las Mujeres, el MST y las vanguardias internacionales se reunirán para integrar las agendas económico-comerciales de los gobiernos con las reivindicaciones materiales de los pueblos: denunciar el imperialismo del dólar y del FMI, derrotar al neofascismo y al extractivismo y construir una alternativa anticapitalista, antipatriarcal y anticolonialista capaz de unir a las comunidades organizadas en la transformación real del futuro.

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Geraldina Colotti

Geraldina Colotti es una periodista, escritora y activista política italiana, reconocida por su extensa labor analítica sobre América Latina y su abierto apoyo a la Revolución Bolivariana en Venezuela.

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