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La victoria estudiantil en Serbia y los límites de la transición

Por Geraldina Colotti

Las crónicas de la prensa burguesa internacional han apresurado sus moldes conceptuales habituales para explicar la jornada electoral del 25 de octubre en la República de Serbia. Para las cancillerías occidentales y los grandes conglomerados mediáticos, el contundente triunfo de la Studentska lista (Lista de los Estudiantes) —que obtuvo más del 52% de los sufragios y una holgada mayoría absoluta de 140 escaños en la Asamblea Nacional— representa una simple “revolución democrática” o la ineludible inclinación de una nación balcánica hacia el modelo de gobernanza de la Unión Europea. Esta lectura liberal descuenta deliberadamente las condiciones materiales de la lucha de clases, omite la génesis del estallido social y encubre los feroces apetitos geopolíticos que se disputan la hegemonía en la Península Balcánica.

Para el lector latinoamericano, es útil precisar las coordenadas reales de este escenario: aunque Serbia se encuentra físicamente enclavada en el corazón del continente europeo, en la región estratégica de los Balcanes occidentales, opera firmemente al margen de la arquitectura institucional de la Unión Europea y de la eurozona, a pesar de arrastrar desde hace años la condición formal de país candidato. Esta periferia subordinada la convierte en un tablero disputado por el capital transnacional y las directrices de la OTAN, cuyo telón de fondo histórico remite directamente al desmantelamiento programado de la antigua federación yugoslava.

La destrucción por derribo de la República Federativa Socialista de Yugoslavia (RFSY), consumada mediante la agresión militar directa de la Alianza Atlántica a finales del siglo pasado, no fue un accidente geopolítico ni el producto espontáneo de rencillas ancestrales, sino una contrarrevolución en toda regla. Aquella operación inauguró de forma modélica la doctrina imperialista del “caos controlado” tras la caída del campo socialista: su propósito deliberado fue demoler una economía fundamentada en la propiedad social, erradicar la experiencia histórica de la autogestión obrera y aplicar el rodillo de la privatización salvaje. La llamada “balcanización” se ideó como un dispositivo de dominación neocolonial destinado a fragmentar la región en republiquetas inviables, enfrentadas entre sí y subordinadas a los centros decisorios de Washington y Bruselas.

En esta arquitectura de sometimiento regional, los sucesivos gobiernos de Italia han desempeñado históricamente un papel de fiel ejecutor de la estrategia atlantista, secundando las operaciones de injerencia, blanqueando la degradación institucional de la zona a cambio de réditos geopolíticos y consolidando una penetración económica que reduce a los pueblos vecinos a proveedores cautivos de mano de obra barata. El saldo de esta restauración capitalista para la lucha de clases fue la aniquilación del internacionalismo partisano antifascista, reemplazado por el veneno del chovinismo reaccionario. Sobre ese páramo de atomización social y desprotección laboral edificó su poder el bonapartismo de Vučić, administrando la miseria con mano de hierro mientras agitaba los fantasmas nacionalistas.

Desde una perspectiva del materialismo histórico, el derrumbe político de Aleksandar Vučić y de su Partido Progresista Serbio (SNS) no es un acontecimiento fortuito ni el resultado de un súbito idilio ideológico con el parlamentarismo liberal. Es la manifestación de una crisis de régimen acumulada, la quiebra objetiva del modelo bonapartista que gobernó Serbia durante catorce años mediante la gestión de las contradicciones entre los grandes bloques del capital imperialista.

Para comprender la raíz de este fenómeno es necesario volver la mirada hacia la economía política de la Serbia de la última década. Bajo la retórica de la “estabilidad nacional” y el “crecimiento económico”, la formación social serbia fue transformada en una reserva de mano de obra barata y un enclave para la extracción de recursos naturales en beneficio de corporaciones transnacionales. El régimen de Vučić operó como un comité de administración de los intereses de la oligarquía local y del capital extranjero, practicando una política de desregulación ambiental, privatización de bienes comunes y precarización laboral extrema.

El punto de ruptura de la paciencia histórica de las masas no fue un debate abstracto sobre libertades formales, sino un crimen industrial manifiesto: el colapso de la marquesina de la estación de ferrocarriles de Novi Sad, que el 1° de noviembre de 2024 se cobró la vida de dieciséis personas. La remodelación de dicha infraestructura, adjudicada de forma opaca y ejecutada sin las debidas garantías técnicas en el marco de concesiones corruptas, condensó ante la opinión pública la naturaleza mortífera del sistema: la búsqueda desmedida de la ganancia privada a costa de la vida de la clase trabajadora.

La tragedia de Novi Sad desencadenó un proceso de movilización popular inédito. Lo que comenzó como paros simbólicos de 16 minutos a escala nacional se convirtió rápidamente en un movimiento de protesta dirigido y sostenido por la juventud universitaria y secundaria. Mediante la toma de facultades, la articulación de asambleas de base y el bloqueo de arterias viales, el movimiento estudiantil logró conectar con el descontento de vastos sectores populares golpeados por la inflación, la erosión de las pensiones y la degradación de los servicios de salud y educación. La Studentska lista no nació en la mesa de un partido político burgués, sino en las calles, gestada como una herramienta de autodefensa social frente a la impunidad estatal.

Con una participación electoral que rozó el 70% —la cifra más elevada registrada en más de dos décadas—, las capas populares desbordaron los mecanismos tradicionales de coacción y compra de votos del SNS. La derrota de Vučić, quien se vio obligado a reconocer públicamente el triunfo de la lista juvenil en la misma noche del domingo, marca el fin de su proyecto de dominación hegemonista.

Sin embargo, es necesario evitar cualquier idealización del sujeto político emergente. La Studentska lista es un frente amplio, heterogéneo y socialmente contradictorio. En su seno conviven corrientes de la izquierda juvenil anticorrupción, sectores ecologistas opuestos al extractivismo del litio, profesionales de la salud y la academia —como el propio capolista Ilija Srdanović—, pero también elementos con marcadas tendencias nacionalistas y conservadoras.

Esta naturaleza de partido “atrapalotodo” (catch-all) fue tácticamente eficaz para canalizar el voto de rechazo hacia la “tiranía” del SNS, pero constituye su principal fragilidad ideológica en la fase de ejercicio del poder estatal. Al carecer de un programa de clase claramente definido y de una vanguardia revolucionaria con formación marxista, el movimiento es vulnerable a dos desviaciones simétricas: al riesgo de una deriva tecnocrática-liberal, y al repliegue chauvinista. La tendencia a reducir la transformación social a una mera “limpieza institucional” o “gestión transparente” del Estado capitalista, puede seguir aceptando sin beneficio de inventario los parámetros del Fondo Monetario Internacional y la disciplina fiscal impuesta por Bruselas.Además, existe la tentación de ceder ante la presión de la derecha sociológica serbia en cuestiones como la relación con Kosovo o la República Srpska, utilizando el discurso nacionalista para enmascarar las diferencias de clase en el interior del propio movimiento.

El aspecto más crítico de la victoria estudiantil se proyecta en el plano de las relaciones internacionales. Durante años, el bonapartismo de Vučić se sostuvo gracias a un complejo malabarismo geopolítico: declaraba la neutralidad militar de Serbia mientras vendía municiones de forma encubierta para la guerra en Ucrania, firmaba megacontratos de infraestructura con Beijing y mantenía sólidas alianzas militares con el régimen sionista de “Israel”.

Como bien señalaba el analista y trabajador metalúrgico Marjo Durmishi, uno de los rasgos más tenebrosos de la gestión saliente fue la paulatina “israelización” de las Fuerzas Armadas serbias y la conversión del país en un proveedor clave de insumos bélicos para Tel Aviv. A pesar del genocidio perpetrado contra el pueblo palestino en Gaza y la agresión al Líbano, las empresas estatales serbias multiplicaron por más de cuarenta las exportaciones de armamento y municiones hacia el régimen sionista, mientras que corporaciones israelíes como Elbit Systems lograban introducir sus sistemas de guerra electrónica y drones en los Balcanes.

¿Qué cabe esperar del nuevo gobierno estudiantil frente a este entramado criminal?

El calendario institucional prevé la constitución de la Asamblea Nacional para mediados de noviembre y la conformación del nuevo ejecutivo hacia el mes de diciembre. Al disponer de una mayoría absoluta de 140 escaños, la Studentska lista no requiere de pactos de gobierno con la vieja casta política. Esta autonomía parlamentaria les otorga el poder legal para cumplir con su promesa de campaña: auditar de forma inmediata todos los contratos secretos del Estado (en base a los compromisos de campaña electoral), incluidos los acuerdos de cooperación militar y las licencias de exportación de armas.

Sin embargo, las presiones internacionales serán colosales. La diplomacia de los Estados Unidos y de la Unión Europea ya ha comenzado a desplegar sus redes para cooptar al nuevo gobierno. El objetivo atlantista es claro: subordinar de forma definitiva a Belgrado a la arquitectura de la OTAN, forzar su alineamiento en la política de sanciones a la Federación de Rusia y garantizar que el nuevo ejecutivo no altere las concesiones mineras ni la compra de armamento a los monopolios de la industria bélica de Occidente.

La victoria de la juventud en Serbia demuestra que la apatía política no es una condición natural de las masas, sino el resultado del chantage y de la falta de alternativas reales frente a la dominación del capital. La expulsión de Vučić por la vía de la movilización popular y el voto es un golpe severo a los modelos autoritarios y de extrema derecha que intentan consolidarse en el continente europeo.

No obstante, el triunfo electoral es apenas el primer capítulo de una contienda mucho más profunda. La paradoja de este proceso radica en que los estudiantes han logrado conquistar el gobierno, pero no el poder del Estado, el cual sigue en manos de los grandes banqueros, las multinacionales extractivistas y los mandos militares formados en la doctrina de la seguridad nacional.

Para que la rebelión estudiantil de Belgrado no se disuelva en una decepción liberal ni sirva de cobertura a una restauración conservadora, es imprescindible la rápida reorganización del sindicalismo de clase en las fábricas y campos de Serbia, así como la construcción de una articulación internacionalista entre los pueblos de los Balcanes (y también de Europa). Solo la unidad entre la juventud combatiente y la clase obrera organizada podrá transformar la victoria en las urnas en una alternativa real frente al imperialismo, el militarismo y la explotación capitalista. La historia de los Balcanes ha vuelto a ponerse en marcha, y su desenlace dependerá de la fuerza que adopte la lucha de clases en los meses por venir.

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Geraldina Colotti

Geraldina Colotti es una periodista, escritora y activista política italiana, reconocida por su extensa labor analítica sobre América Latina y su abierto apoyo a la Revolución Bolivariana en Venezuela.

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