La irrupción de los «sujetos inéditos» y el pánico del tardocapitalismo
por Geraldina Colotti


Durante décadas, la narrativa dominante, respaldada por una sociología de salón y por los medios de comunicación patronales, ha liquidado la rabia de las periferias a través del estigma de la criminalidad o de la degradación juvenil. Los jóvenes de las banlieues francesas o de nuestras periferias metropolitanas —hoy etiquetados despectivamente como maranza— han sido confinados en el perímetro del rechazo sistémico, descritos como elementos desarraigados, incapaces de visión política.
Ahora bien, la irrupción en las plazas de un protagonismo juvenil desvinculado de los viejos rituales ha roto este «equilibrio» de arcilla. Hay un magma incandescente que atraviesa los territorios urbanos, crecido en el silencio de la segregación espacial y de la precariedad sistémica, que hoy rechaza tanto el paternalismo de las integraciones de fachada como la disciplina de la delegación política. Frente al surgimiento intempestivo de una generación no prevista, la respuesta del Estado ha sido inmediata y previsible: la profilaxis judicial y la criminalización preventiva. Disciplinar a los inconformes, premiar a los resignados: este es el doble dispositivo con el que el poder intenta gestionar el fin de la cohesión social y el colapso de la credibilidad institucional.
Lo ocurrido en torno a la figura del joven Youssuf Siher, acusado de terrorismo y recientemente puesto en libertad por una jueza, no fue un simple incidente de recorrido, ni un banal hecho de crónica policial vinculado a la gestión del orden público. Es un síntoma revelador del vértigo que atenaza a las instituciones del capital cuando se encuentran ante una fuerza social que no estaba contemplada en los códigos de la política oficial. Cuando los aparatos de seguridad, las jefaturas de policía y las más altas instancias del Estado evocan la aparición de los sujetos inéditos, describen con la habitual gramática de la desorientación la acumulación dialéctica de décadas de marginalización, precarización y exclusión de clase.
Y se desencadena la reaparición de la filosofía de la emergencia nacida en los años setenta: un dispositivo ideado para encerrar el conflicto de clase entre la mordaza de la cárcel y los halagos de la premialidad, donde el arrepentimiento, la disociación y el conspiracionismo de «quién está detrás, quién está detrás» se convertían en los requisitos para doblegarse ante la legalidad burguesa y esculpir en piedra el veto de Estado: «no lo intentéis». Un reflejo de orden que se explica perfectamente también a través de la herencia estatólatra de una «izquierda» institucional ya irremediablemente prona a los intereses patronales y a las estrategias del complejo militar-industrial. Es esta misma izquierda la que, ante cada sacudida desde abajo, se suma a los chillidos moralistas contra «las violencias» y clama a voces por una mayor seguridad policial, revelando su propia naturaleza de guardiana subalterna del status quo.
Un reflejo de orden que hace tiempo dejó de representar una excepción temporal a la que recurrir en los momentos de crisis aguda para convertirse en el elemento estructural de una auténtica contrarrevolución preventiva. En esta arquitectura de gobierno de la sociedad, la lógica disciplinaria y la lógica premial actúan de forma rígidamente complementaria: por un lado se incentiva, se financia y se premia la docilidad de quien se adapta pasivamente a las compatibilidades del mercado, y por el otro se activa preventivamente la mordaza sancionadora para desarticular en su germen cualquier potencial de insurgencia antes incluso de que logre dotarse de una forma organizada.
Entre el empuje del proletariado segregado de las banlieues y de las periferias metropolitanas —cuya respuesta es históricamente la resistencia visceral a la incursión de la policía en los barrios gueto— y los jóvenes de las terceras generaciones se delinea una convergencia profunda y cualitativamente nueva. Son precisamente estos los sujetos inéditos que animan las movilizaciones de hoy, y que se expresan a través de una irrupción simbólica disruptiva: ondean las banderas palestinas para hermanar su lucha con el internacionalismo anticolonial y operan una auténtica inversión semiótica cuando se reapropian de la bandera italiana para reivindicar con fuerza «nacimos aquí», arrancándola de la retórica nacionalista y arrojándola contra el racismo de Estado.
En este horizonte se ubica también el ataque dirigido a los bienes de lujo, que no indica un mero vandalismo, sino la transgresión violenta contra una cultura y una riqueza ostentada a la que estos jóvenes están estructuralmente excluidos, a pesar de ser su producto y su fuerza de trabajo marginal. Ellos unen la imposibilidad material de acceder al ingreso y a la vivienda con la negación radical de un modelo que los quiere consumidores virtuales pero ciudadanos proscritos, situándose como una fuerza autónoma e irreductible a las viejas cuadrículas de la representación. Indican una composición de clase que une la imposibilidad material de acceder al ingreso, a la vivienda y al futuro con la memoria viva de la subalternidad y del racismo sistémico de Estado. Ellos rechazan la exigencia de subordinación pasiva y se erigen como sujetos políticos autónomos, ajenos a los canales tradicionales de la mediación sindical o partidista.
Como escribe el sitio Insorgenze, la operación intentada por Siher —ofrecer contenidos analíticos, un asidero conceptual y una pista organizativa a este magma social a través de las redes de comunicación— ha consumado lo que para los palacios del poder representa una herejía imperdonable: el intento de transformar el odio de clase instintivo y la rabia metropolitana en potencial conciencia política.
De ahí la desproporción grotesca entre la simplicidad de los instrumentos comunicativos empleados y la violencia del aparato represivo. El arresto y la imputación con cargos construidos sobre el marco del terrorismo y de la instigación informática demuestran una vez más cómo el derecho burgués se pliega sin remilgos a las exigencias de la conservación política y de la contrarrevolución preventiva. Cuestionar la dirección de un proceso social o la instigación a través de un canal digital creado en la inminencia de los hechos, deteniendo a un activista antes incluso de que se dieran indicaciones operativas, significa rebasar cualquier hecho material para castigar la mera intención o la función de catalizador simbólico. Se trata del castigo del no delito, una advertencia pedagógica y disuasoria dirigida al conjunto del cuerpo social para bloquear la propagación de la disidencia.
Al mismo tiempo, el uso de las nuevas infraestructuras digitales y de los códigos expresivos metropolitanos evidencia el rechazo de las liturgias polvorientas del pasado y la capacidad de sortear a unas burocracias políticas incapaces de descifrar las fracturas del presente. Sin embargo, esta misma inmediatez de la política en tiempos de cuentas y perfiles encierra una doble cara: la velocidad viral puede encender la atención y hacer temblar por un momento los búnkeres del poder, pero corre el riesgo de consumarse con la misma rapidez si no se estructura en un trabajo de arraigo capilar en los territorios y en una visión estratégica de amplio aliento.
En definitiva, la defensa de quien, como Youssuf Siher, sufre el golpe de la espada judicial no es solo un acto de debida solidaridad militante, sino la salvaguarda del espacio mismo en el que es posible expresar rechazo y oposición real al status quo. La tarea de un análisis marxista a la altura de los tiempos consiste en situarse concretamente al lado de este magma rebelde para colmar el vacío político, proporcionando a los sujetos inéditos la profundidad analítica y la solidez teórica necesarias para resistir tanto a las trampas de la cooptación premial como a la violencia de la disciplina estatal, transformando la irrupción del presente en la construcción organizada del futuro.

Geraldina Colotti es una periodista, escritora y activista política italiana, reconocida por su extensa labor analítica sobre América Latina y su abierto apoyo a la Revolución Bolivariana en Venezuela.
