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Capitalismo Caníbal: Guerra perpetua para sobrevivir

Richard Wolf y Prabat Patnike analizan en el Podcast India y la Izquierda Global la relación intrínseca entre el capitalismo moderno y la perpetuación de los conflictos bélicos globales. Los invitados sostienen que el complejo militar-industrial de Estados Unidos funciona como un motor económico esencial para evitar colapsos financieros, utilizando la guerra como un subsidio estatal disfrazado. Explican cómo la inestabilidad monetaria derivada de estas tensiones perjudica desproporcionadamente al Sur Global al provocar inflación y fugas de capital hacia el dólar. El texto describe al imperialismo actual como un sistema en declive que recurre a la violencia y al autoritarismo para intentar preservar una hegemonía económica cada vez más cuestionada. Finalmente, se destaca la necesidad de fomentar la solidaridad de clase internacional para contrarrestar las narrativas que utilizan a los inmigrantes como chivos expiatorios de las crisis internas.

En las redacciones y centros de análisis geopolítico, el aire está saturado de una paranoia palpable. La conversación global ya no gira en torno a la paz, sino a la inminencia de una Tercera Guerra Mundial. Los focos de incendio en Ucrania y las agresiones sistémicas contra Irán no son meros errores de cálculo diplomático; son las convulsiones de un sistema que ha convertido la inestabilidad en su principal combustible. Es un imperativo existencial desmantelar la narrativa de que la guerra es un «accidente» y reconocerla como la función vital del capitalismo contemporáneo.

Incluso figuras como Donald Trump, que ascendió al poder prometiendo terminar con las «guerras interminables» en Oriente Medio, han succumbido ante la inercia de esta maquinaria. Su incapacidad —o falta de voluntad— para cumplir esa promesa tras meses de retórica evidencia que el problema no es el individuo en el Despacho Oval, sino una estructura que exige la violencia para postergar su propio colapso. El imperio no puede permitirse la paz porque la paz es, para su economía, una sentencia de muerte.

Como bien señala el profesor Richard Wolff, esta brutalidad no es una desviación, sino un origen. Recordando la máxima de Marx, el capitalismo llegó a este mundo «chorreando sangre por todos los poros», y ante el declive de su hegemonía global, parece estar decidido a salir de la historia de la misma manera en que entró: mediante la aniquilación masiva como último recurso de preservación.

El «Keynesianismo Militar»: El Motor Oculto del Crecimiento
Para el capitalismo estadounidense, el gasto militar es el respirador artificial que mantiene vivo a un paciente en cuidados intensivos. No estamos ante un simple presupuesto de defensa, sino ante una forma de «keynesianismo militar»: el subsidio estatal más masivo de la historia, diseñado para inyectar capital en la industria sin correr el «riesgo» de empoderar a la clase trabajadora mediante programas sociales.

Librar guerras es, fundamentalmente, un ejercicio de canibalización de fondos públicos. Al priorizar la fabricación de misiles y drones sobre la salud o la educación, el sistema garantiza que el gobierno actúe como un cliente perpetuo de las élites corporativas. Esta «muleta» económica permite al imperio simular vitalidad mientras sus cimientos sociales se pudren.

«Existía un gran y profundo temor en Estados Unidos entre sus élites capitalistas tras la Segunda Guerra Mundial… el miedo de que la guerra, y solo la guerra, había puesto fin a la Gran Depresión. La gran preocupación era que el regreso de las tropas sumiera de nuevo a la economía en el colapso. Fue necesario que el gobierno interviniera a gran escala, pero se concentró en el ámbito militar para evitar crear una base electoral que exigiera una redistribución radical del poder».
— Richard Wolff

Radiografía del Complejo Militar-Industrial en Cifras
La dependencia estructural del conflicto se manifiesta en datos contundentes que revelan la magnitud de este «imperialismo moribundo»:

Predominio en la producción industrial: Si bien la industria representa el 10% de la economía total de EE. UU., el complejo militar-industrial absorbe casi el 20% de esa producción industrial específica, dominando los sectores clave de aeroespacial, ciberseguridad y semiconductores.

Oligopolio de la destrucción: De un presupuesto que ya roza el billón de dólares, aproximadamente el 40% se concentra en solo cinco gigantes corporativos: Lockheed Martin, Boeing, Northrop Grumman, General Dynamics y Raytheon.

Gasto asimétrico y desesperado: Estados Unidos gasta en militarismo más que la suma de los siguientes nueve países combinados, incluyendo a rivales estratégicos como China y Rusia, y a sus propios aliados del G7.

El ejército como agencia de empleo: La máquina sostiene a 2.8 millones de efectivos armados (incluyendo reservas) y 300,000 civiles, convirtiéndose en el único garante de «pleno empleo» en una economía que ha deslocalizado su base productiva civil.

El «Imperialismo Moribundo» y la Dialéctica de la Frontera
El profesor Prabhat Patnaik ofrece una distinción vital: a diferencia de las guerras feudales, que eran meras disputas por excedentes entre élites, la guerra capitalista busca la transformación total de la periferia. El capitalismo no se conforma con comerciar; necesita invadir la vida del campesino en el Sur Global para convertir su tierra y su trabajo en «anexos» de la metrópoli.

Esta dinámica crea una «dialéctica de la frontera» extremadamente peligrosa. Cada vez que el imperio intenta «defender» un puesto de avanzada —ya sea en Asia Occidental o en las fronteras de la OTAN—, el fracaso o el éxito parcial solo alimentan la necesidad de la siguiente expansión. Un imperio en crisis se vuelve paranoico: ve «estados rebeldes» en cualquier nación que intente salirse del corsé neoliberal (como los países del bloque BRICS), lo que lo empuja a un ciclo de agresión perpetua para mantener una hegemonía que ya se le escapa de las manos.

Guerra Económica: El Dólar como Arma contra el Sur Global
La violencia militar es el respaldo que, bajo la mesa, sostiene la hegemonía del dólar. Existe una paradoja cruel: incluso cuando Estados Unidos genera inestabilidad global, el capital financiero huye hacia el dólar buscando «refugio». Esta fuga de capitales provoca la devaluación automática de monedas en India, Indonesia o América Latina, sumiendo a estas naciones en una recesión inflacionaria.

Este fenómeno es una doble trampa:

Inflación importada: La caída de la moneda local encarece severamente la vida de los trabajadores.

Austeridad forzada: Los gobiernos no pueden estimular la economía para ayudar a sus ciudadanos porque deben aplicar recortes para pagar deudas externas que ahora son mucho más costosas.

Es una guerra económica silenciosa donde el Sur Global paga, con hambre y deuda, el costo de las aventuras bélicas de Washington.

El Enemigo Interno: Chivos Expiatorios y el Auge del Fascismo
Cuando el imperio ya no puede extraer suficiente valor de la periferia sin provocar revoluciones, comienza a apretar las tuercas a su propia población. Aquí es donde el «keynesianismo militar» muta en fascismo. Observamos hoy una contradicción obscena: figuras como Elon Musk hablan de «eficiencia» y recortes brutales en programas sociales, mientras el presupuesto militar se incrementa sin el menor cuestionamiento parlamentario.

Esta estrategia requiere, por naturaleza, un chivo expiatorio. Se moviliza la rabia de la «aristocracia obrera» blanca —desplazada por la automatización y la deslocalización— para que dirija su odio hacia los inmigrantes y las minorías, en lugar de hacia los empleadores corporativos que los abandonaron.

Este patrón no es exclusivo de EE. UU. Alemania, abandonando su pacifismo de posguerra, ahora utiliza la «seguridad nacional» como pretexto para subsidiar su industria decadente mediante el rearme. Esta fusión de intereses corporativos y autoritarismo estatal tiene un nombre histórico:

«Se está produciendo una fusión creciente entre las grandes empresas y el gobierno bajo el pretexto de la emergencia nacional. Tenemos un nombre para eso y se llama fascismo».
— Richard Wolff

Conclusión: Hacia una Agenda de Derechos Universales
La supervivencia de la humanidad exige romper el cordón umbilical que une el crecimiento económico con la destrucción masiva. Los profesores Wolff y Patnaik coinciden en que la única alternativa al «punto muerto» capitalista es una solidaridad de clase internacional que exija derechos económicos universales. Esto no es una utopía, sino una necesidad técnica urgente: aplicar impuestos a la riqueza y a la herencia para financiar la vida, no la muerte.

Ante un sistema moribundo que prefiere arriesgar una guerra nuclear antes que aceptar un mundo multipolar, debemos hacernos la pregunta punzante: ¿Es aceptable que la estabilidad de nuestros fondos de pensiones y el empleo de millones dependan de la constante fabricación de huérfanos en la periferia global? Si la respuesta es no, la reforma ya no es suficiente; lo que se requiere es un cambio de sistema antes de que la dialéctica de la frontera nos alcance a todos.

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