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Venezuela y su nuevo tablero: 5 verdades incómodas según Juan Carlos Monedero

En la geopolítica contemporánea, lo que no se nombra no existe, y lo que se nombra mal se convierte en un arma. Venezuela atraviesa hoy una profunda «pelea de sentido» que va mucho más allá de una crisis institucional; es una reconfiguración descarnada del poder en el hemisferio. Lo que vemos en la superficie —negociaciones, licencias y retórica de redes sociales— oculta un «doble sismo» que ha desmantelado el Estado tal como lo conocíamos. En este tablero, la soberanía ya no se mide por discursos en la ONU, sino por quién controla los anclajes de la realidad material. La pregunta es perturbadora: ¿Es Venezuela una victoria estratégica de Trump o el laboratorio de un nuevo modelo de dominio donde el costo de la «libertad» es la entrega total de la gestión de los recursos?

Juan Carlos Monedero aborda la disputa por la narrativa política en Venezuela tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro:

1. El «Far West» de Donald Trump: Petróleo sin botas sobre el terreno

Para Donald Trump, Venezuela es el trofeo que valida su promesa de campaña: beneficios imperiales sin el costo político de «guerras eternas». El nombramiento de Chris Wright como secretario de energía y el ascenso de figuras como Marco Rubio no son gestos simbólicos; son la instauración de una lógica extractiva sin reglas. Trump ha logrado presentar la situación como una hazaña de eficiencia criminal: según su narrativa, puede ser el «cuatrero del oeste que asalta un país cercano, se queda con su petróleo y todo está en orden sin perder una sola vida norteamericana». Sin embargo, esta victoria tiene un «rostro descarnado» que la prensa suele higienizar. El análisis del contexto revela acciones de una violencia extrema: el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, el asesinato de más de cien personas y el bombardeo de la capital y centros estratégicos. Al invalidar al ejército —ese baluarte que en la retórica funcionaba como último escudo antiimperialista—, Washington ha transformado al país en el más puro y oscuro Far West latinoamericano, operando bajo un control absoluto donde la ley es dictada por el Departamento del Tesoro.

2. El Sacrificio de la Derecha Tradicional: ¿Por qué María Corina quedó fuera?

La «derecha mundial» observa el panorama con un desconcierto absoluto. No logran comprender por qué, tras años de apoyo, Washington decidió prescindir de María Corina Machado para la «reconstrucción». La respuesta reside en un pragmatismo brutal: Machado representaba la vía de la «guerra larga». Su visión posee una inquietante analogía histórica con el franquismo; así como la derecha española decidió alargar la Guerra Civil para «limpiar» físicamente a la oposición republicana, Machado parecía dispuesta a incendiar el país para eliminar al chavismo de la faz de la tierra. Trump, alérgico a los conflictos que devoran presupuestos y devuelven ataúdes a territorio estadounidense, optó por evitar esa guerra civil. Prefirió una «continuidad controlada» bajo la figura de Delcy Rodríguez, quien opera ahora como «Presidenta encargada» bajo estrictos anclajes estadounidenses. En este frío cálculo, asegurar la instalación del petróleo, el oro y el litio fue una prioridad absoluta sobre el cambio de régimen total, dejando a la derecha radical en un vacío político absoluto.

3. El Extraño Retorno de Israel: Desescombro y Lavado de Imagen

Uno de los puntos más difíciles de digerir para la izquierda global es la presencia de delegaciones de Israel en suelo venezolano. Oficialmente, su rol se limitó a tareas de «desescombro» tras los episodios más críticos del doble terremoto. No obstante, el simbolismo es devastador. «Israel, experto en demoler edificios en Gaza y en asesinar a niños, resulta que va a Venezuela a echar una mano… Israel no ha perdido la ocasión de presentar su presencia como un lavado de cara del genocidio en el que han incurrido en el caso de Gaza». Para el gobierno gestionado por Delcy Rodríguez, esta ayuda técnica era una necesidad de supervivencia; para Israel, fue una oportunidad de oro para proyectar una imagen de «reconstructor» mientras su propia praxis militar en Oriente Medio es señalada como el epítome de la injusticia. Esta contradicción dialéctica ha dejado a los movimientos sociales internacionales en una posición de parálisis interpretativa.

4. La Paradoja de la Corte Penal Internacional (CPI)

La salida de Venezuela de la CPI es un caso de estudio sobre cómo la misma realidad puede significar cosas opuestas según el contexto. Si bien fue una decisión autónoma aprobada por la Asamblea Bolivariana en 2025 bajo el argumento de que el tribunal solo castigaba a países del tercer mundo, su ejecución actual se ha teñido de una ironía sangrienta. Hoy, mientras la izquierda global celebra que la CPI procese a Netanyahu y Putin, la salida de Venezuela se lee como una capitulación ante los intereses de Trump. Washington, que hoy persigue y estigmatiza a los magistrados de la Corte para proteger a sus aliados, celebra el movimiento de Caracas como si fuera una exigencia propia. Lo que nació como un acto de soberanía contra el sesgo occidental termina pareciendo un elemento más de sometimiento a la estrategia de Trump para desmantelar cualquier rastro de justicia internacional.

5. El Fin del Relato Antiimperialista: La Realidad del Control Financiero

Para quienes veían en Caracas la «capital del antiimperialismo», el relato se está agotando. La retórica de Delcy Rodríguez sobre el «Estado Comunal» y la democracia participativa choca frontalmente con la realidad de una economía tutelada. El gobierno se ha visto obligado a negociar la apertura de campos gasíferos y petroleros bajo la supervisión directa de Washington, entregando licencias a empresas como Repsol y corporaciones estadounidenses. La soberanía se vuelve un concepto etéreo cuando es el adversario quien gestiona los ingresos del petróleo y condiciona cada relación financiera con el exterior. En esta nueva arquitectura, el gobierno parece intentar sostener la estructura del sistema iniciado en el 98, pero lo hace con las manos atadas por los mismos «cuatreros» que asaltaron el país.

Donald Trump sigue siendo un actor errático. Aunque presume de victorias en Venezuela, su reciente derrota en la ONU (136 a 9 en la votación sobre el bloqueo a Cuba) demuestra que su capacidad de matonismo global tiene límites. Sin embargo, el daño en el tejido de la soberanía venezolana es profundo. El gobierno actual parece apostar por «ganar tiempo», una estrategia que, aunque evita la inmolación al estilo de Allende en el 73, conlleva el riesgo de una erosión irreversible. Ante un escenario donde el adversario controla las llaves del recurso principal, supervisa las licencias y condiciona la supervivencia diaria, cabe preguntarse con crudeza: ¿Es posible mantener un proyecto político propio y un sistema soberano cuando la gestión de tu realidad material ha sido cedida por completo a quien te considera su botín de guerra?

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