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Venezuela:un punto provisional

Geraldina Colotti

Desde Venezuela se suceden noticias de mayor o menor relevancia. La última, en orden temporal, es la del «acuerdo del siglo» estipulado con Estados Unidos, relativo a la explotación y comercialización de las enormes reservas de petróleo presentes en el país sudamericano. Se ha dado mucha resonancia a los agradecimientos expresados por Delcy Rodríguez a Donald Trump y a Marco Rubio por su contribución a la firma de los entendimientos. Para bendecir el tratado, se han difundido además fotografías de Nicolás Maduro fechadas a finales de junio, acompañadas de un breve mensaje del prisionero, en el cual destacan tonos conciliadores, aunque complicados en realidad por una sibilina cita paulina.

Es inútil negar que, en la opinión pública internacional animada por sentimientos antiimperialistas, este tipo de novedades produzca desconcierto, perplejidad e incluso abierta reprobación. Tras el secuestro de Maduro y de Cilia Flores, tras los bombardeos sobre Caracas y sus alrededores, tras el aniquilamiento de la Guardia de honor, cubana y venezolana, del presidente legítimamente electo por el pueblo, el chavismo ha entrado en el período, con mucho, más crítico de su historia. En juego está exactamente todo lo que la revolución bolivariana ha construido, en el ámbito político, económico, social y cultural, en más de veinticinco años de ejercicio del poder.

Si esto es verdad, también lo es que, a distancia de ocho meses del 3 de enero, la situación parece ya asentada sobre directrices bastante definidas. El gobierno venezolano ha admitido la inferioridad militar certificada sobre el terreno por el blitz de principios de año, juzgando un «suicidio colectivo» la hipótesis de la resistencia militar de masa a la agresión estadounidense. En consecuencia, confiando en su arraigo social y en la ausencia de alternativas políticas inmediatas explotables por el imperialismo para imponer una auténtica contrarrevolución, ha optado por emprender el camino del compromiso y de las concesiones.

Se trata de una vía sobre la cual, como han declarado repetidamente varios exponentes del gobierno y del sistema de poder bolivariano, se ha caminado con «la pistola en la sien». La expresión suena fuerte, pero los conocedores de la historia de la Revolución rusa saben que se trata de una referencia a Lenin. El líder del bolchevismo usó el ejemplo en un escrito titulado Sobre los compromisos, que sirvió de base para uno de los capítulos del célebre La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo [1].

Y leamos entonces a Lenin:

«Supongamos que un coche en el que viajáis es asaltado por bandidos armados. Supongamos que, apuntándoos con el revólver a la sien, os exigen que les entreguéis el coche, el dinero y vuestro propio revólver, y que los bandidos se sirven de ese coche, etc., para cometer nuevos latrocinios. Existe, indudablemente, un compromiso por vuestra parte con los bandidos, un acuerdo vuestro con los bandidos. Un acuerdo no escrito y tácitamente concluido sigue siendo, no obstante, sin duda alguna, un acuerdo absolutamente determinado y preciso: “Yo os doy a vosotros, bandidos, el coche, el arma y el dinero; a cambio, vosotros me libráis de vuestra grata compañía”. Cabe preguntar: ¿llamaríais cómplice de los bandidos, cómplice del asalto de los bandidos contra terceras personas —asaltadas con la ayuda del coche, del dinero y del arma recibidos de quien ha concertado este acuerdo— al hombre que ha cerrado dicho trato? No, no lo llamaríais cómplice. La cuestión aquí es perfectamente clara y de una sencillez banal. Es asimismo evidente que en otras circunstancias la entrega tácita a los bandidos del coche, del dinero y del arma sería reconocida por cualquier persona de sentido común como complicidad. La conclusión salta a la vista: es tan absurdo rechazar categóricamente cualquier acuerdo o compromiso con los bandidos, como pretender justificar la complicidad con el bandidismo basándose en la afirmación abstracta de que, en general, los acuerdos con los bandidos son a veces admisibles y necesarios».

Aquí, en la primavera de 1920, Lenin acumulaba argumentos para aplastar el «comunismo de izquierda» que, en el recién inaugurado III Congreso de la Internacional Comunista, se oponía a la participación en las elecciones, al trabajo en los sindicatos reformistas, y que en general proclamaba la necesidad de una continua «teoría de la ofensiva» para la instauración de la dictadura del proletariado. Pero, en esta defensa de los compromisos necesarios y concretamente justificables, también se podía advertir el eco de la batalla que el propio Lenin había librado dos años antes, en condiciones mucho más dramáticas, para conducir al conjunto del partido bolchevique a la aceptación del tratado de Brest-Litovsk, con el cual la recién nacida república soviética obtenía la paz del ejército alemán a cambio de enormes concesiones territoriales [2].

No es este el lugar para recorrer en detalle acontecimientos tan lejanos e intrincados. Mas, dicho sin vanas pretensiones didácticas, resulta verdaderamente instructivo recordar los pasajes en los que Lenin comparaba a la Rusia soviética con «un pacífico animal doméstico [que] yacía junto a un tigre», reservando una invectiva clamorosa a los partidarios de la guerra revolucionaria contra el ejército alemán que ya había llegado a las puertas de Petrogrado: «Si no sabes adaptarte, –declaraba el autor del radicalísimo ¿Qué hacer?–, si no estás dispuesto a arrastrarte sobre el vientre, en el fango, no eres un revolucionario, sino un charlatán; y si propongo seguir adelante de este modo, no es porque me agrade, sino porque no hay otro camino, porque la historia no ha sido tan benévola como para hacer madurar la revolución en todas partes al mismo tiempo». Echar sal en la herida era una de las especialidades de Lenin. Así, les restriega en la cara a sus adversarios el recuerdo de 1907, «cuando nos vimos obligados a pasar por ese establo que era la Duma de Stolypin, y contrajimos obligaciones firmando papeles monárquicos». Un acuerdo «de una infamia sin precedentes», subraya el líder del bolchevismo. He aquí por qué el periódico de los partidarios de la guerra a ultranza «ve las cosas del mismo modo que aquel noble polaco que dijo al morir, en una hermosa pose y con el sable en la mano: “La paz es la vergüenza, la guerra es el honor”. Razonan como el noble polaco, y yo como el campesino». En suma, un baño de realismo, una pedagogía brusca y amarga de muzhik: «Algunos piensan exactamente igual que los niños: he firmado un tratado, por lo tanto me he entregado a Satanás, iré al infierno. Esto es sencillamente ridículo, cuando la historia militar nos enseña, del modo más claro, que firmar un tratado cuando se ha sido derrotado es un medio para agrupar fuerzas».

Agrupar fuerzas. Es exactamente lo que proclama el gobierno venezolano, presentándose a sí mismo como el pacífico animal doméstico acurrucado de manera inofensiva junto al hambriento tigre estadounidense. Pero ¿es posible acreditar esta interpretación de los hechos? ¿Es correcto escudarse tras un Lenin que, sin embargo, incluso cuando llegaba a admitir el carácter extremo y humillante de un compromiso, exigía siempre una justificación concreta de la negociación y de su eventual y futura explotación revolucionaria?

Aquí el discurso se complica, porque el chavismo no brota directamente de la historia del movimiento comunista, sino que de este ha recogido únicamente algunas instancias, y ciertamente no las más intransigentes. Por ejemplo, no hay rastro, en su bagaje cultural y político, de las aspiraciones a la dictadura del proletariado. Y se puede documentar con toda tranquilidad una amalgama sincrética de bolivarianismo, socialismo y cristianismo que, en la política, ha dado a luz una continua oscilación entre tonos conflictivos y retóricas populistas inspiradas a veces en el mejor catolicismo político de la «tercera fuerza» de las décadas de 1940 y 1950. Hay que añadir asimismo que la gran inteligencia demostrada por Hugo Chávez al desarticular el peligro de levantamientos militares contrarrevolucionarios se impuso al precio de una transformación «cívica» y en cierto modo pacifista de las propias fuerzas armadas bolivarianas. Y, por último, también el sistema de autogobierno encarnado por las comunas, o las grandes campañas sociales de las misiones, han promovido un enorme movimiento de despertar y de protagonismo popular muy alejado, no obstante, no solo de las experiencias soviéticas, sino también del basesmo telúrico del proyecto maoísta.

A pesar de ello, en los últimos treinta años, y con la obvia excepción de Cuba, el movimiento bolivariano se ha mostrado único en América Latina en el intento constante por forzar las Columnas de Hércules de la propiedad privada y también de la democracia burguesa. Este es su verdadero pecado. Esto es lo que lo ha hecho odioso no solo para el imperialismo, sino también para la llamada pequeña burguesía democrática, la cual, especialmente en Europa, nunca se ha abstenido de maquinar argumentos dirigidos a difamar a la dirigencia chavista, tildándola ora de burocrática, ora de extractivista, ora de autoritaria, ora de corrupta o, en último término, de criptocapitalista.

Y ahí te cae encima el 3 de enero. Te cae en un mundo ya habituado al genocidio palestino, a los bombardeos sobre Irán, al bloqueo criminal que está estrangulando Cuba. ¿Qué puede importar un elegante secuestro quirúrgico? Unas pocas docenas de cubanos y venezolanos asesinados, una pizca de bombas sobre Caracas y sus alrededores, y esta gente imbuida de insoportable retórica plebeya, esta antipática burocracia devuelta a la sensatez. Tienen que negociar. Tienen que entrar en razón. Tienen que doblegarse. Lo cual produce desconcierto incluso entre sus propios partidarios. ¿Saben o no saben morir? ¿Saben o no saben dar ejemplo? El marxista los observaba, los sopesaba cavilando: tarde o temprano serán atacados de verdad y tendrán que radicalizar la prudente e incierta transición al socialismo de la que se ufanan bautizándola como el «socialismo del siglo XXI». En cambio, han sido atacados y se han descubierto indefensos. Los sistemas de protección antimisiles adquiridos a rusos y chinos han fallado: han sido neutralizados, dejándoles las vergüenzas al aire. Quizá esperaban una invasión terrestre. Quizá estaban preparados para una guerrilla prolongada. Pero las cosas marcharon al revés. Así golpeada, atónita la tierra ante el nuncio está [3]. ¿Es un papel digno? ¿Quién puede sostenerlo? Odiseo usó el bastón, y Tersites enjuga sus lágrimas rodeado por las risas de los compañeros.

Llega en este punto el momento de las manos sucias. Una impresionante declaración de Delcy Rodríguez, emitida en calidad de discurso a la nación el 26 de mayo, afirma: «en un instante, el cielo se desplomó sobre nosotros. Presenciamos un poder destructivo más allá de nuestra comprensión. […] A mí, que no buscaba este puesto, me ha tocado recoger los pedazos. No les voy a mentir: no me eligieron las urnas. Me eligió el caos. Y acepté esta carga por una sola razón: para evitar que un caos mayor, una destrucción total, se llevara lo último que nos queda: nuestra gente. Cada uno de ustedes». Frases como estas, como es comprensible, pueden ser juzgadas de diversos modos. Pero Rodríguez no se esconde tras un dedo: «El petróleo, –dice–, nuestro principal recurso, es ahora nuestra única moneda de cambio. Es el precio de un alto al fuego permanente. Ellos la necesitan. Nosotros necesitamos que no vuelvan a disparar. Este no es un tratado entre naciones. Es la condición impuesta por un superviviente a punto de ser arrojado de un acantilado. Agarrarse a la roca, por desagradable que sea, es lo único que impide la caída».

Así se llega a los acuerdos «de una infamia sin precedentes», por usar las palabras de Lenin. Y así nos vemos también obligados a reflexionar sobre la cita de Maduro, Rm 8,37: «Antes bien, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó». Por medio de aquel que nos amó, dice el Apóstol. Agustín se regodeaba en ello, en su lucha contra Pelagio, quien estaba dispuesto a apostar por la bondad de la naturaleza humana. Por otra parte, el papa es agustino. Y los gringos son en su mayoría reformados. ¿No es esta una sutil manifestación de inteligencia por parte del exconductor de metro ascendido a las cúpulas de la República bolivariana?

Pero volvamos a Delcy Rodríguez. En su declaración, la presidenta encargada habla de paciencia. Una «paciencia agónica que nos permita vivir un día más». La hija del guerrillero asesinado bajo tortura por la democracia burguesa no oculta que su primera tarea, «el único [propósito] que me he impuesto en esta pesadilla, es evitar que nadie más tenga que morir». ¿Son estas cosas que se deban decir en América Latina? Es el continente de Martí, de Sandino, de Torres, de Guevara, de Allende. El sacrificio de la vida constituye el pan cotidiano de la revolución. La muerte riega la vida, como un agua oscura, pero potente.

Y viene aquí a la mente Mao Zedong, de quien dentro de pocos días se cumple el cincuentenario de su muerte. En su célebre, aunque cuidadosamente evitado, discurso de 1957, pronunciado ante las delegaciones de los partidos comunistas reunidas en Moscú por los cuarenta años de la Revolución de Octubre, Mao tuvo la desfachatez de afirmar que no había que temer a la guerra termonuclear. «En una ocasión discutí sobre esto con un hombre político extranjero. Él dijo que si estallaba una guerra atómica, toda la población mundial perecería. Yo le repliqué que, en el peor de los casos, moriría la mitad y la otra mitad sobreviviría, mientras que el imperialismo quedaría aniquilado y el mundo entero se convertiría en socialista» [4].

En este horizonte, la relación entre la muerte y la vida se plantea en términos tan colosales que provoca vértigo. Pero pensemos en la crisis de los misiles de Cuba del otoño de 1962, pensemos en las manifestaciones de masas celebradas en La Habana, en las cuales la multitud, amargada por el giro de 180 grados un tanto humillante pactado con los gringos por los soviéticos, se desahogaba gritando: «¡Nikita, mariquita!». ¿Dónde termina el heroísmo y comienza el «suicidio colectivo» del que habla la presidenta encargada?

En 1972 Mao, el gran crítico de la «coexistencia pacífica», se reunía con Richard Nixon en plena guerra de Vietnam. La Revolución cultural ya había concluido y la extrema izquierda occidental se quedaba con la boca abierta. Pero sobre el tema se puede divagar de otros modos. Por ejemplo, evocando el recuerdo de Guevara abocetado por Neruda en Confieso que he vivido [5]. «Él dijo de repente: “La guerra… La guerra… Estamos siempre contra la guerra, pero cuando la hemos hecho no podemos vivir sin ella. A cada momento queremos volver a ella”. Reflexionaba en voz alta y para mí. Yo lo escuchaba con sincero asombro. Para mí la guerra es una amenaza y no un destino».

Fuera de retórica, la tan jactada elección entre la vida y la muerte muy a menudo ni siquiera es una elección. Es un hecho, individual o colectivo, que se produce dentro de una serie de acciones, de una serie de circunstancias ante las cuales hay que decidir apelando al instinto, a la mentalidad, también al sentido del honor y asimismo a esa dosis de cálculo sin la cual la política pierde todo atributo de sensatez. Sea como fuere, es un hecho que, en 2011, ya enfermo, Hugo Chávez propuso mudar el viejo lema castrista patria o muerte por viviremos y venceremos. En Venezuela se discutió mucho sobre este cambio. Se habló, incluso con cierta coquetería de foro social, de la inversión de una perspectiva fúnebre en un imperativo categórico de lucha y de supervivencia biológica.

También de aquí, también de estos acontecimientos, deriva el táctico temerario de la dirigencia de Caracas. Agrupar fuerzas. Mantener el poder político. Usar el petróleo como moneda de cambio. Las comunas se hallan en pie. Los disensos, a fin de cuentas, están circunscritos. El terremoto autoriza más ambigüedades. Alguien se harta y dice: habéis pasado la raya. Alguien observa que el PSUV permanece unido, que las conquistas sociales se mantienen por el momento, que la arquitectura política del chavismo aparece de todos modos intacta, que también las manifestaciones de crítica, incluso las más duras, ayudan al gobierno a sopesar mejor sus decisiones.

Pero es obvio que el imperialismo tiene sus planes. Quiere cocinar a fuego lento el chavismo. Prepara su sustitución y el retorno a la más clásica de las democracias burguesas, a la que por lo demás Venezuela está acostumbrada, junto a sus exquisiteces, como el Caracazo de 1989 con sus 3.500 muertos causados por el gobierno impecablemente electo de Carlos Andrés Pérez. Digámoslo claro: Venezuela y el chavismo caminan sobre un plano inclinado. Un plano cuya inclinación puede acentuarse de manera irreparable. Facilis descensus Averno sentenciaba el Poeta [6]. En este contexto, juzgar es necesario. Y razonar también. Pero desde luego no sirven las acusaciones, tranquilizadoras y pueriles, de traición. Se llega a un punto, en la vida, en el que se comprende también la inminencia de la provisionalidad. En la provisionalidad se pudre, pero también se combate. En la provisionalidad la cantidad se transforma en calidad. Es una dialéctica, o tan solo una oscilación  peligrosa. Un sollozo de la historia. Algo propio de un muzhik, o de un peón.

Notas:

  1. V. I. Lenin, Sobre los compromisos [Sui compromessi], en Obras Completas XXX, Moscú, Editorial Progreso, 1967, pp. 445-446; La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, en Obras Completas XXXI, Moscú, Editorial Progreso, 1967, p. 27. (adaptado de las ediciones originales italianas a las versiones en español).
  • V. I. Lenin, VII Congreso Extraordinario del PCO(b), en Obras Completas XXVII, Informe sobre la guerra y la paz, pp. 73-93; Discurso de conclusión del debate sobre la guerra y la paz, pp. 94-100.
  •  Alessandro Manzoni, El cinco de mayoen Poesías, traducción de Juan Eugenio Hartzenbusch, Madrid, Rivadeneyra (Biblioteca de Autores Españoles, vol. 67), 1875, p. 556.
  • Mao Zedong, Tercer discurso en la Conferencia de Moscú (17 de noviembre de 1957), en Obras de Mao Zedong 15, Abbiategrasso, Edizioni Rapporti Sociali, 1993, p. 169.
  • Pablo Neruda, Confieso que he vivido, Barcelona, Seix Barral, 1998, pp. 417-418.
  • Virgilio, Eneida, VI, 126: Facilis descensus Averno («Fácil es el descenso al Averno»).
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