Fanshen
Geraldina Colotti



“Ser un tornillo que no se oxida. Un tornillo no llama la atención, pero una máquina sin tornillos no funciona”.
Cuaderno de Lei Feng
En el circo ininterrumpido y demasiado a menudo agobiante de los aniversarios, no se han desperdiciado muchas palabras para el cincuenta aniversario de la muerte de Mao Zedong. Es comprensible. Mao es el gran revolucionario a quien se debe la liberación de China de la opresión feudal y colonial, la victoria sobre los japoneses, la fundación de un nuevo estado socialista en una porción inmensa del mundo, habitada por cientos y cientos de millones de hombres y mujeres. Sin embargo, Mao es también el artífice del «gran salto adelante» estrepitosamente fracasado, así como el inspirador de la Revolución Cultural, a la que desde hace mucho tiempo, en China, se le imputan «diez años perdidos».
Como por una convención tácita, se discute apasionadamente sobre la naturaleza más o menos socialista de la gran nación gobernada por el Partido Comunista Chino. Pero se deja de lado el examen de las utopías: los célebres altos hornos de patio, la ingenua ambición de superar la división entre trabajo intelectual y trabajo manual, la colectivización llevada al extremo en las comunas campesinas, con los comedores comunes, la desaparición de la educación familiar, la eliminación de la propiedad incluso en las cosas más mínimas. Si, además, a esto se le añade el caótico y complejísimo ovillo de la Revolución Cultural, la medida está colmada. Mejor no hablar de ello. Mejor no hablar tampoco de la gran influencia que el llamado «maoísmo» ejerció en la ideología y en las opciones de buena parte de la izquierda revolucionaria europea durante los años sesenta y setenta. Por lo demás, para saber algo de verdad, hay que tener al menos setenta años. Si preguntas por ahí, te hablan de Brandirali, de las bodas rojas, y todo acaba en burla. «Nada es imposible en el mundo / si estás decidido a escalar la cima», rezaba un poema de Mao de 1965[1].
¿Pero de verdad Mao escribía poemas? ¿De verdad proclamaba un voluntarismo tan extremo? ¿No conocía la hybris?
Un famoso artículo de Stalin, escrito en 1930, se titulaba El vértigo del éxito. En plena colectivización de los campos rusos, el secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética advertía contra la presunción y la soberbia provocadas por los resultados de la lucha contra los kulaks:
«Estos éxitos no pocas veces embriagan a la gente y entonces se empieza a sentir el vértigo del éxito, se pierde el sentido de la medida, se pierde la capacidad de comprender la realidad, surge la tendencia a sobrevalorar las propias fuerzas y a subestimar las del adversario, se hacen intentos temerarios para resolver “en cuatro patadas” todas las cuestiones de la edificación socialista. Se olvida que los éxitos alcanzados deben ser consolidados y que debemos aprovecharnos sistemáticamente de ellos para proceder ulteriormente. ¿Con qué fin consolidar los éxitos alcanzados? También así, dicen, podemos llegar “en cuatro patadas” a la victoria completa del socialismo. “¡Todo lo podemos!”, “¡Qué nos importan los obstáculos!”»[2].
La larga cita era necesaria, porque posteriormente apareció y funcionó como una crítica anticipada a las desconsideradas pretensiones maoístas del «gran salto adelante». En 1949, en Moscú, Stalin hizo esperar un buen rato en la antesala a Mao antes de recibirlo. Y, en sus memorias, Molotov lo recuerda como «un hombre inteligente, un líder campesino, una especie de Pugachev chino. Lástima que no fuera un marxista»[3].
Un juicio tajante e ingeneroso, pero significativo. Por otra parte, fue el propio Mao el que anotó algunos pensamientos sobre Stalin de los cuales al menos uno merece ser recordado: «Stalin era un camarada que tenía un poco el aire de patriarca, había estudiado en una escuela de la iglesia, no comprendía a fondo la dialéctica ni tampoco el materialismo, se apartaba de la realidad y no ha resuelto el problema de las relaciones recíprocas, estas se han endurecido notablemente»[4].
¿Quién se aparta de la realidad? ¿El hombre de Moscú o el de Pekín? Parece un vicio, este de los comunistas. Se lo echan en cara desde siempre los adversarios de clase, pero se lo reprochan regularmente también entre ellos. «Altos hornos de patio para producir metales sin valor: una tontería», sentenciaba Molotov[5].
Contrariar entonces era prácticamente imposible. Quizás, a una chica de Extinction Rebellion, la cosa le parecería hoy bajo otra luz.
Ser rojos y expertos, pero antes que nada rojos, es de hecho una máxima de Mao que adquiere un valor innegable en la época de las «policrisis». Estamos llegando a la rendición de cuentas con la técnica, y si no queremos arrojarnos en los brazos de Heidegger, si no creemos que solo un dios podrá salvarnos, entonces la crítica a la «teoría de las fuerzas productivas» desarrollada durante la Revolución Cultural gana relieve. ¿Y qué decir, además, del cuestionamiento de los incentivos materiales? ¿De la desconfianza hacia la urbanización acelerada? ¿De la insistencia con la que se ha intentado crear una humanidad nueva sobre la «página en blanco» constituida por las masas campesinas? Son temas que, evidentemente, presentan la doble cara del riesgo, de la toma del cielo por asalto. Y quien conoce los poemas de Mao Zedong sabe que, con el cielo, Mao tiene una relación agónica muy particular. Seguramente le habría interesado el controvertido pasaje de Mateo: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan»[6].
Pero, en realidad, le bastaban por completo Marx y Lenin, con su elogio del valor y de la temeridad de los comuneros parisinos. De este panpoliticismo[7] desciende la línea que pasa de la París de 1871 a los campos chinos, deflagrando en la comuna de Shanghái de 1966-67. De economía, en el sentido estricto del término, Mao se ocupaba a regañadientes. «Tengo una competencia totalmente marginal cuando se trata de construcción económica —admitió en 1959— y de planificación industrial no entiendo nada»[8].
He aquí por qué, frente al grandioso desarrollo de la China actual, Mao Zedong casi se empequeñece. Fundador, se concede, genial estratega de la guerra popular, pero estadista bastante improvisado, hombre demasiado apegado a la cultura filosófica y guerrera de Yan’an: la de los escritos sobre la contradicción, sobre la práctica, sobre la mentalidad libresca.
Aun así, quien escribe recuerda con emoción cuando, en Caracas, descubrió la influencia del maoísmo en el proceso que había conducido a la constitución de las comunas.
Dos libros, en particular, habían suscitado una impresión vivísima en Hugo Chávez, empujándolo hacia el pueblo profundo y la organización comunitaria. El primero, Fanshen, de William Hinton, describía el recorrido heroico de la reforma agraria en el pueblo de Long Bow, situado en Shanxi, provincia del norte de China[9].
El segundo, Dentro de una comuna popular, de Chu Li y Tien Chieh-yun, constituía la crónica de la vida en la comuna de Chiliying, provincia de Henan, China Central[10].
Entre los entendidos, los dos libros son bastante famosos, aunque en nuestro país, en Italia, se leyó mucho más la encuesta de Jan Myrdal sobre Liu Ling, comuna agrícola de Shaanxi[11].
En cualquier caso, Chávez citaba a menudo estos textos en los consejos de ministros y en las transmisiones televisivas en las que participaba de buen grado, con su elocuencia florida y popular. Las comunas chinas representaban una fuente de inspiración en la búsqueda de un modelo de desarrollo alternativo al extractivismo y a la centralización burocrática de cuño soviético. Y no es inútil notar que este diálogo a distancia con el maoísmo se producía en el nuevo milenio, cuando un poco en todas partes ya se había aceptado el veredicto de condena emitido por el PCCh sobre el aventurerismo de las opciones realizadas desde el «gran salto adelante» hasta la Revolución Cultural.
Dicho esto, con las analogías y los paralelismos hay que ir con cuidado. En Venezuela nunca se desató la caza casi milenaria a los residuos de la propiedad privada que caracterizó la parábola, en muchos aspectos heroica, de las comunas chinas. Y los militantes de los colectivos no son ciertamente las Guardias Rojas: no poseen su fe agresiva, y no se han constituido para bombardear ningún cuartel general. Pero ¿quién puede subestimar la importancia del fanshen, del levantarse, de trastocar equilibrios seculares, para las masas de los barrios de Caracas? ¿Quién puede negar que en las comunas y en los colectivos residan precisamente las energías más auténticas, digámoslo claramente, el freno de emergencia necesario, en este tristísimo momento de temerario tacticismo al que un poco se ve obligado y un poco se obliga el poder bolivariano? Mao Zedong, por supuesto, ante esto habría esbozado una sonrisa. Al embajador finlandés en Pekín, en 1955, le dijo que no temía la guerra nuclear. Y luego añadió un razonamiento verdaderamente espectacular, todavía más radical que el que expuso dos años después en la conferencia de Moscú de los partidos comunistas en el poder: «Esa poca bomba atómica americana no puede destruir a los chinos. Aunque la potencia de la bomba atómica americana fuera todavía mayor, fuera lanzada sobre China, perforara la tierra y la destruyera, esto sería un hecho importante para el sistema solar, pero respecto a todo el universo no significaría gran cosa»[12].
Bueno, aquí uno enmudece. O quizás se comprende mejor por qué el revolucionario que había liberado China era también el hombre capaz de afirmar: «Si eres demasiado realista no puedes escribir poesía»[13].
Y se comprende también que su voluntarismo, a primera vista tan inocentemente prometeico, se colocaba en realidad dentro de dimensiones y horizontes naturales verdaderamente desmesurados, auténticamente colosales. Uno de sus poemas más bellos e importantes se titula Nieve.
Es de febrero de 1936, pocos meses después del final de la Larga Marcha, y los versos finales, tras haber descrito el «encanto increíble» del cielo, de las montañas, del sol y de la nieve, suenan así:
Es este el paisaje de perenne fascinación
que sometió a pretendientes innumerables y en lucha.
¿Pero quiénes eran? ¡Ay de mí!:
Qin Shi Huang, Han Wu-ti —
Hombres sin cultura;
Tang Taizong, Song Taizong —
De gusto vulgar.
Y el orgullo celeste de una entera época,
Genghis Khan solo sabía tender
el arco contra grandes águilas.
¡Todos pasados!
Si buscas hombres libres,
mira a tu alrededor,
en el presente[14].
Hay que saber que Brecht, conquistado por estas palabras, realizó una traducción entre finales de 1948 y principios de 1949[15].
Pero malinterpretó el sentido del final, o tal vez simplemente no logró tolerar lo que debió parecerle un optimismo exasperado. Así, cerró el poema arremetiendo contra los «grandes señores, aún hinchados de la antigua, pérfida avidez». El autor de La ópera de tres centavos era un hombre innegablemente sabio. China para él era paciencia, medida, sentido de las pequeñas cosas, de la importancia de la disciplina, del igualitarismo, de los tornillos, sin los cuales las máquinas no funcionan. Estas cosas, por supuesto, las sabía el primero Mao Zedong. Pero a ver quién le quita la razón a la prudencia del alemán. Razonaba dentro del espacio del sistema solar.
[1]: Mao Tse-tung, Senza contraddizione non c’è vita, Verona 1976, p. 283.
[2]: Stalin, Opere, v. 12, Milán 2023, pp. 185-186.
[3]: F. Cuev, Conversazioni con Molotov, suplemento al n. 6 del mensual “La nostra lotta”, 2004, p. 96.
[4]: Mao Tse-tung, Su Stalin e sull’URSS. Scritti sulla costruzione del socialismo 1958-1961, Turín 1975, pp. 27-28.
[5]: Molotov remembers. Conversation with Felix Cuev, Chicago 1993, p. 81. El pasaje está ausente en la edición italiana, que se realizó sobre la edición francesa de los recuerdos del viejo bolchevique.
[6]: Mt 11, 12.
[7]: A. Natoli, prefacio a la edición italiana de Mao Tse-tung, Note su Stalin e il socialismo sovietico, Roma-Bari 1975, p. XVI.
[8]: Mao Tse-tung, Discorsi inediti, Milán 1975, p. 113.
[9]: W. Hinton, Fanshen. Un villaggio cinese nella rivoluzione, Turín 1969, edición original de 1966.
[10]: Chu Li, Tien Chieh-yun, Inside a people’s commune: report from Chiliying, Pekín 1974. El libro no ha tenido traducciones italianas, pero si en español ¿Cómo es una comuna popular? (Informe sobre Chiliying), de Chu Li y Tien Chieh-yun.
[11]: J. Myrdal, Rapporto da un villaggio cinese, Turín 1965. Significativamente, el libro constituía el primer volumen publicado en la histórica colección «Nuovo Politecnico» de la editorial Einaudi.
[12]: Mao Zedong, Rivoluzione e costruzione. Scritti e discorsi 1949-1957, Turín 1979, pp. 174-175.
[13]: Mao Tse-tung, Discorsi inediti, cit., p. 98.
[14]: Mao Tse-tung, 37 poesie, Milán 1972, p. 60.
[15]: B. Brecht, Poesie, II, Turín 2005, p. 31.
